Infierno

(Sólo para condenados)

LA NO DEMASIADO ASOMBROSA HISTORIA DEL HOMBRE-PELOTA

Publicado el 15 de Abril, 2009, 22:41. en Relatos variados.
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Resulta que Alfredo pensaba en círculos. Sólo se fijaba en los objetos redondos y, cuando veía algo cuadrado, como por ejemplo una mesa cuadrada, trazaba a su alrededor una circunferencia imaginaria que rozaba sus cuatro esquinas. Alfredo odiaba los huevos, por elípticos y la Tierra, por achatada. 

Era un poco raro este Alfredo.

 

Como no podía ser de otra manera, cuando llegó el día de su boda, decidió casarse. Su prometida era una gorda zampabollos tan redonda y mofletuda que a Alfredo le resultaba irresistible, sobre todo, cuando la observaba comiendo una hamburguesa o una pizza. Fueron unos años muy felices para Alfredo. Tiempo después enviudó. Fue entonces cuando decidió hacer su cuerpo lo más redondo posible: compró una sierra eléctrica en la tienda de la esquina (era una tienda de sierras eléctricas) y se cortó un brazo y una pierna. Luego fue dando saltitos a la pata coja hasta la tienda de la otra esquina y se compró una guadaña (era una tienda de sierras eléctricas, pero también vendían guadañas, y no como en la otra tienda de la esquina donde sólo vendían sierras eléctricas y piruletas de fresa); con la guadaña se segó el brazo y la pierna que le quedaban, el tronco y el cuello, en ese orden, no me preguntéis cómo, porque no lo sé. Además, para conseguir que su cabeza fuese lo más esférica posible, se fue rodando a una peluquería y se rapó el pelo al cero; por último, se arrancó las orejas a mordiscos. Aquello fue lo más complicado, para conseguirlo tuvo que desdoblarse hasta otra dimensión y luego volverse a doblar hasta esta dimensión, donde se vio a sí mismo y se puso a dar mordiscos en las orejas a su otro yo hasta arrancárselas; al principio no conseguía llegar a morderlas, así que comenzó a dar saltos impulsándose con la mandíbula inferior abriendo y cerrando la boca mientras gritaba ¡ahhh!, ¡ahhh!, ¡ahhh! varias veces, hasta llegar lo suficientemente alto como para atrapar la oreja derecha y ponerse a morderla, después hizo lo propio con la izquierda; una vez terminada la tarea, se plegó como una pajarita de papel para volver a la dimensión real; en fin, todo un lío.

 

Y así fue como Alfredo consiguió ser apodado el Hombre-pelota, cosa que le hizo realmente feliz. Tres días después le despidieron, ya que con sólo su cabeza no conseguía mecanografiar y como era Mecanógrafo... pues eso, que le echaron de una patada a la calle y se fue dando botes hasta hacer canasta en un cubo de basura. Allí murió de asco, porque un jovenzuelo vomitó la noche del viernes al sábado y a Alfredo le dio mucho asco.

 

Y este cuento, Manolito, está finito.

Cerrolaza