Infierno

(Sólo para condenados)

EL SER UNÁNIME, LA SOCIEDAD Y EL ESTADO DISTRIBUTIVOS

Publicado el 9 de Marzo, 2009, 13:32. en Especiales.
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La razón de un Estado para un estado de la sinrazón (I)

·     Algunos conceptos básicos que lo sustentan.

·     Apuntes sobre su estructura

·     Prototipos de propuestas.

1 - CONCEPTOS

UNA CONSIDERACIÓN INICIAL

No hay que cambiar el mundo. Hay que cambiar de conceptos. Y los conceptos cambiarán el mundo.  Tal es y ha sido el poder de las ideas. Un ejemplo paradigmático: la ecología.

Todo progreso humano –se podría decir también de los inventos- ha sido antes una idea empujada por la utopía. Quienes creyeron en ella vencieron la resistencia atávica de las formas más totalitarias y degradantes de la condición humana como la esclavitud, la propiedad feudal del siervo, la segregación racial extrema o la marginación de la mujer (aún vigente en la Iglesia Católica y confesiones Coránicas).

La mayor y más irrealizable y lejana utopía es creer que el mismo sistema que nos ha condenado a la miseria y a la corrupción, sea la mano que nos salve y nos redima. En realidad, pensar en esa posibilidad más que una utopía es un crimen. Deberíamos, en consecuencia, hacernos una reflexión esencial o una pregunta a nuestra inteligencia: para una vez que se vive, ¿qué mundo nos estamos dando?

EL SER UNANIME

Habiéndose instalado en nuestras sociedades la cultura de la violencia y de la muerte –cada quien tiene a quien matar y quien lo mate- se hace indispensable revisar el valor elemental de la vida. Lo primero, entender que cada uno de nosotros es un superviviente. Hemos llegado hasta aquí, a través de los tiempos, desde el primer hombre, instante mismo en el que comenzamos a ser posibles. Hemos sido la llama que no apagaron los cataclismos naturales ni las guerras ni las hambrunas ni las plagas ni las pestes. Cada individuo lleva a todos y a cada uno de los padres que lo transportaron desde el fondo de los siglos por lo que ya estábamos presentes en sus citas de amor, en las jornadas de trabajo que los curvó sobre la tierra, cuando alimentaron el fuego y trenzaron caña y barro para hacer su casa. Deberíamos reconstruir día a día cada una de esas vidas para comprender que no es poca cosa ser un hombre. Y que es nuestra responsabilidad cuidar, proteger y mejorar la vida que perteneció a tantos y le pertenecerá a otros. Desde este punto vista, la vida no es de exclusiva propiedad de cada individuo ni un acontecimiento súbito, independiente y espontáneo. Como sucede con el concepto incaico de la tierra, en cierto modo sólo tenemos en "préstamo" la vida. Existe, además, una evolución que no sucede por fuera de nosotros. Si no participáramos en ella de forma decisiva, modificándola, el primer hombre se estaría repitiendo a sí mismo, indefinidamente.

¿DE QUIEN ES UN PAÍS?

Partamos de una premisa incuestionable: por ley natural, a todo ser que nace le pertenece toda la Tierra. Al ser humano, como a las fieras o a las libélulas, también le pertenece en su totalidad. No hay fronteras. La circunstancia geográfica de un nacimiento es un accidente. Pero instituida esa pertenencia y sus límites, la (peligrosa) pregunta es si pertenecemos a ese territorio o si ese territorio nos pertenece. Ahí está la cuestión.

¿De quién, en origen, es un país? Sólo puede existir una única respuesta: "De los individuos que nacen en él", es decir, de los nacionales. Luego la función más primaria del Estado, la razón primordial de su existencia y de su ordenamiento, debe ser asegurar que cada individuo reciba de la tierra lo que le pertenece, sin que nadie ni nada se arrogue la potestad de condicionarlo, decidirlo o conculcarlo.

ENTONCES ¿QUÉ ES LA PATRIA?

Un plato de comida diario, seguro y suficiente.

La patria (o el más bello concepto de Matria, en tanto pachamama o madre tierra) es subsistencia, medios primordiales para existir. Garantizando el bienestar mínimo del individuo, que es la comida, se garantiza en origen su salud física y mental, su crecimiento y desarrollo. Pero es también su libertad. La eliminación de la peor dictadura, la del hambre y su permanente sometimiento a la incertidumbre o la amenaza. Un seguro de vida que impide la desesperación, el desamparo y los rigores de la necesidad extrema.

                                                     

Quien no tenga ese plato de comida diario, seguro y suficiente no tiene patria. Es un desterrado, un huérfano de su país, alguien que ha perdido su derecho de nacido, su nacionalidad.

LA PATRIA SOCIAL

Pero si el plato de comida es la patria física y de vida, no es menos importante la patria intangible, la de la "familia social", la del ser y pertenecer, fundamento del ayudarse a vivir con dignidad. La solidaridad y el respeto al otro, como principios de convivencia. Arropamiento ante las necesidades. Construcción con el esfuerzo común. Mutua cesión entre sociedad e individuo. En definitiva pertenecer y ser pertenecido, participar y ser participado.

Esta idea viene a desvelar un patriotismo que no va más allá de una pasión, sorda y ciega pero útil por irracional. La manipulable patria de los símbolos y de sus emociones: banderas, himnos, escudos, insignias, colores deportivos, cuando no el odio común y gratuito al enemigo externo, al vecino, al otro. Nada real le prestan al ciudadano. No es la patria que da de comer ni la del ayudarse a vivir. La patria comienza en uno y se prolonga en los otros y viene de los otros y se prolonga en uno. La acción mutua de obligaciones y deberes. Pertenecemos a un cuerpo social vivo y cada quien es parte esencial y funcional de ese organismo.

LO PRIMERO QUE DEBE DISTRIBUIRSE ES EL PODER

(…) "Democracia enardecida": cada tantos años somos convocados a llenar las plazas con discursos de balcón y vítores y abajos encendidos. Una democracia de promesas, jamás de obligados cumplimientos. Y agitada como un garrote siempre contra otros. Una democracia de puños en alto, banderas, slóganes, gorras, camisetas y caravanas que termina en un voto que luego ni manda ni fiscaliza ni revoca. Casi inmediatamente aparece la "Democracia quejumbrosa": quejarse sin ser oído es el único modo de participación ciudadana.

No hay redentores ni milagros ni caudillos. Sólo hay suma de voluntades. Hacer coincidir los propósitos nacionales con los personales. El ayúdate que yo te ayudaré. Sólo puede redimir la continuada participación de los ciudadanos. Foros más o menos permanentes y permanentes donde sea posible generar ideas, tomar decisiones y activar soluciones. Donde entre en acción la responsabilidad social de cada individuo con su vecindario inmediato, con su municipio, con su región y su país. No existe democracia real sin el poder distribuido: esto es, vale repetirlo, pertenecer y ser pertenecido, participar y ser participado.

UN DIOS TIRÁNICO

Se ha erigido y, por tanto también legitimado, a un dios tiránico y criminal, un dios que decide quien come y quien no, quien puede tener techo y quien no, quien puede vestirse y quien no. Un dios todopoderoso dueño de la vida y de sus circunstancias y tantas veces de la muerte. Debemos estar en la anti-civilización. Unos XXI siglos con retraso respecto al homínido de las cavernas. Está fuera de la razón, de todo sentido común y, sobre todo, en el extremo opuesto de la justicia y del desarrollo, el hecho de que quien no tenga dinero no coma y, además, esté condenado a malvivir y al peor vivir. En este sentido le va mejor a cualquier bestia o alimaña que no paga por lo que come. Además, es una condena sin culpa debida y, salvo excepciones sin significación porcentual, es una condena a perpetuidad y sin derecho a defensa ni a remisión. Y tanto peor es su tiranía, si otorga a unos pocos individuos un poder absolutista o imperialista o caciquil, que está por encima de la voluntad de la mayoría y de los intereses generales.

EL CAPITALISMO: ERA PRIMITIVA

El Capitalismo pertenece a un estadio muy primitivo de la humanidad porque lo rige la ley más primitiva: la ley del más fuerte. Y no es casualidad que aparezca la palabra "salvaje" en el diccionario de sus despropósitos: lo es en tanto que sólo sobreviven en él los mejor dotados económicamente, colmillo y garra para el ataque. Pertenece más a la era de los depredadores y carroñeros que a la de los primates. En consecuencia, es incapaz de engendrar por sí mismo una civilización de convivencia y progreso, al necesitar siempre de la existencia y sumisión del débil. Vive del trabajo casi a esclavitud (deslocalización de siglos) y del dominio en la oferta y la demanda. El mercado libre es la gran falacia de Occidente: el poderoso siempre impone sus condiciones.

Obedeciendo a esta ley del más fuerte, individuos y naciones buscan el poder por acumulación. (Las naciones se comportan como los individuos con asombrosa semejanza). De ahí que el poder nunca se distribuya. Y que se potencie hasta la exacerbación el individualismo, es decir, favoreciendo el Yo que excluye y el Mío que expropia, en detrimento del Yo comunal, del Nosotros de la pertenencia social. Mientras estos principios dirijan al mundo, el mundo seguirá siendo el que ahora es: uno contra todos, todos contra uno.

Un  apunte sobre América Latina. Resulta extraño que tanto se hable del fracaso de Cuba y nunca, nunca, del fracaso y la degradación física, conductual, moral (cada quien espera la oportunidad para corromperse), de violencia y anomia social (no hay un Estado de Derecho. Los criminales imponen su ley) que ha dejado, deja y dejará el Capitalismo imperante en nuestros países. Una irreparable y colosal tragedia  humana que compromete a varias generaciones y que afecta a más de la mitad de su población y por extensión a todos. Nada hay que probar. Basta con ver y comparar la situación en Haití, República Dominicana, Nicaragua, El Salvador, Costa Rica, Guatemala o México, para citar países geográfica y culturalmente afines. Si las dictaduras personales son infames y con frecuencia parecen eternas, la dictadura del hambre, de la ignorancia, de la inseguridad, de la corrupción, de la pérdida del valor de la vida y de la negación de futuro, degrada más pero no envejece: no tiene fecha de caducidad. Si al menos se tuvieran todos los niños escolarizados y una mínima cobertura de salud, algo ya habría para el futuro.

PROGRESO

Revisemos nuestro ufano sentido del progreso. Solemos admirarnos y con razón de los progresos tecnológicos, es decir, de las herramientas. Pero cualquier análisis concluirá que es un progreso para la dominación o un progreso para la destrucción. Prueba de lo anterior es que se ha perfeccionado la perversidad de las armas con un refinamiento de psicópatas y aumentado la pobreza, el hambre y la enfermedad (sida por ejemplo) a pesar de las biotecnologías y adelantos en  medicina. Bien que los hay liberadores como el Internet, que por el momento escapa a la imposición de códigos de comportamiento restrictivos (…) Gocemos de los adelantos de nuestro tiempo pero vigilantes de no estar trasladando toda la inteligencia a los objetos. (….) Recordemos también  que lo primero que se le ha ocurrido al hombre al dominar el átomo, es crear un arma para su propia aniquilación.

Debido a estos a avances, nos suelen decir que entramos en una nueva era, en el futuro de una humanidad sin límites. Es probable. Lo mismo debieron pensar aquellos que finalmente pudieron cazar un caballo, domarlo y montarlo. Una revolución en la velocidad y el transporte que ha perdurado hasta nuestros días. Lo que ha progresado bien poco es la esencia del hombre. Citemos, entre otras, tres preclaras constataciones:

Satélite espía = la copa más alta del árbol. El bárbaro que otea al enemigo, el mismo de hace siglos.

Misil = flecha (lanza o garrote) multiplicado millones de veces pero con una enorme imperfección: no reconoce a su enemigo. Mata y destruye masivamente a los seres, las cosas y el medio ambiente. El bárbaro que está detrás, el mismo de hace siglos.

Avión invisible = ingenio antes llamado catapulta (lanzadera de piedras) para burlar fosos, almenas y murallas ahora llamados radares. Detrás, sí, el mismo, el bárbaro de siempre.

Colofón: no hemos superado la convicción de que siempre la razón de la fuerza supera a la fuerza de la razón.

DIMENSION DE LA SOLUCION

Para ser real y eficaz una solución tiene que ser superior al problema. Elemental. Razón suficiente para descreer en soluciones a medias dentro del mismo sistema que los ha creado. La solución tiene que medirse en términos de civilización. Estamos obligados a crear una nueva Civilización, entendida como el avance hacia una convivencia entre la diversidad humana, la neutralización de los grandes intereses y la ayuda a la igualdad en los derechos fundamentales. Debe ser más importante que la Conquista y la Independencia. Sus objetivos son más altos y más duraderos. Las condiciones siempre estarán ahí. Están los medios, la información, la posibilidad de hacerlo conscientemente. Un cambio de interpretación de los problemas y un cambio en los conceptos que los solucionen. Está más allá de la gestión porque debe ser un modo de pensar y de entender las relaciones entre los ciudadanos y de éstos como actores del funcionamiento de un Estado que terminará sobrepasando sus límites geográficos. La informática, por ejemplo, permitiría formas de organización y participación casi perfectos. La opinión individual del ciudadano, la plebiscitaria y el voto on-line.  

Luis Aguilera