Infierno

(Sólo para condenados)

La Tía Emerenciana

Publicado el 4 de Febrero, 2009, 10:31. en Retratos pecadores.
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La tía Emerenciana nació hace más de cien años, hija mayor un matrimonio de campesinos inmigrantes. Por ser la primera, a ella le habría correspondido ser la mano derecha de la madre, así como al mayor de los varones le tocaba ser el segundo del padre. Pero muy lejos estuvo mi tía de ser la segunda en nada. Ella era la última. La única nacida con pelo negro y un cuerpo pequeño y redondito que recordaba a la madre, pero sin un solo rasgo paterno, a diferencia de sus once hermanos, casi clones del padre. Fue la última desde que tuvo conciencia. A ella le tocaban los trabajos más duros del campo, como desangrar a los cerdos para la morcilla, mientras sus hermanos huían para no oír los chillidos del animal sacrificado.

Mi tía tenía que barrer en las gélidas madrugadas, cubierta sólo por bolsas de arpillera, los abrigos y vestidos no eran para ella. El frío pampeano le llenaba los dedos de sabañones, que se reventaban haciendo chorrear la sangre por sus manos. ¿Cómo mantenía mi tía el cuerpo redondito, si debía comer parada en un rincón del comedor las sobras de los cerdos? Era simple e ingenioso: cuando los once hermanos se sentaban a la mesa que ella servía, uno creaba una distracción para la madre, mientras los demás ocultaban comida de sus platos en una cajita entre sus ropas. Al terminar de comer, se iban lejos con su hermana desdichada y le daban la comida. Al ser once, acababa mi tía comiendo más que todos.

Pero poco podían hacer sus hermanos cuando la madre comenzaba a azotarla sin piedad, al menos no hasta que crecieron.

El por qué de la saña de mi bisabuela contra la mayor de sus hijas siempre fue un misterio, y a su alrededor se tejieron las más rebuscadas historias. Algunos decían que era hija de una hermana soltera de su madre, y que la habían hecho pasar por propia para ocultar la vergüenza. Otros, que era producto de una violación, cosa común en el campo por aquellos tiempos, y tema que obsesionaba a mi bisabuela. Mi tía creía que la culpaba por la muerte de una hermanita “Debiste morir tú” le decía siempre, y eso la llevó a tal convicción. No le daba su mente sencilla para comprender que ya la odiaba cuando la hermanita murió.

El padre, sin embargo, la quería, y durante el poco tiempo que él pasaba en la casa, mi tía no recibía las feroces palizas y comía sentada a la mesa. Mi bisabuela se llevó la razón de su odio a la tumba, si es que se puede hablar de razón.

No se sabe si fue por la tiroides o por el sufrimiento, si fue el cuerpo o la mente, pero mi tía nunca comprendió las cosas con facilidad, y poseía una sencillez que bordeaba el retraso mental.

Le aterrorizaba salir a la calle sola, así que no podía hacer las compras, ni aún en un comercio distante pocos metros. A veces me pregunto cómo hizo para casarse y criar dos hijos, supongo que los terrores le aparecieron en la ciudad, tan distinta de su campo natal.

Mi tía nunca preguntaba nada, no quería molestar. Sólo una vez la recuerdo fastidiada, cuando la hicieron meterse en una gran caja que de pronto empezó a moverse y a subir. Lo último que esperaba la pobre era que la caja trepara. Gritó, se agarró de la gente y, al bajar, dijo enojada a mi madre “¡¿Por qué no me avisaste que esa cosa se movía?!”

 

Otra vez llegábamos en ómnibus a mi casa, ya habíamos bajado mi madre y yo, pero cuando mi tía fue a bajar, el micro arrancó sin darle tiempo a descender. Tal fue su terror a que se la llevara quién sabe a qué tierras extrañas y nunca volver a encontrarnos, que se arrojó del micro en movimiento. Aún la recuerdo rodando por la calzada, mientras el chofer se detenía asustado sin comprender qué había pasado.

Mi tía tejía al crochet con gran habilidad, incansable, una vez hizo cientos de florcitas de colores para armar una colcha. Pero tejía en la oscuridad, bien arrimada contra la ventana. No consideraba que valiera la pena prender una luz sólo para que ella tejiera.

Yo no entendí por qué la colcha fue para mi prima y no para mí, es que la tía Emerenciana era una tía, no me daba para ver que, para mi prima, era una abuela.

Como mi tía no sabía jugar conmigo, ni contarme historias, ni acompañame a pasear, yo la veía como un geranio o una silla, ni la quería ni me molestaba, y poco me importó el día que no bajó del tren que la traía de sus vacaciones en casa de su hijo. Pero mi tía no bajó de ese tren, ni de ningún otro. Tan imperceptible como siempre, se quedó dormida sentada mientras conversaba, sin que sus interlocutores notaran nada extraño hasta un buen rato después. Había muerto mientras cruzaba las pampas.

Así dejó mi tía este mundo: como vivió, en silencio, sin molestar.

 

Nofret