Infierno

(Sólo para condenados)

Lázaro

Publicado el 21 de Enero, 2009, 10:15. en Derivadas Humanas.
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SEÑOR

D. LÁZARO, EL RESUCITADO

BETANIA S/N – PALESTINA

AHORA ESTADO DE ISRAEL

Muy señor mío:

Es norma de buena educación desear, en las líneas iniciales de una carta, nuestros mejores deseos porque a su recibo el destinatario goce de buena salud y disfrute de bienestar personal en unión de su familia que, en su caso y si estoy bien enterado, son la señorita Marta y la señora Maria, sus hermanas. Siento, entonces, estimado señor, abstenerme de cumplimentarlo y saltarme a la primera tan elemental norma de cortesía que, por otra parte, no sería más que una formalidad: hablar sobre su salud es un desperdicio y, a estas alturas, sólo usted sabrá de qué bienestar disfruta, si disfruta alguno. Desde nuestra actual perspectiva, morirse dos veces resulta, digámoslo con claridad, una putada. Y sobre esto, precisamente quiero hablarle, lamentando eso sí que la presente tenga más de hoja de reclamación que de misiva.

Hasta este momento usted ha logrado pasar de puntillas por las bíblicas páginas de San Juan, llamado el Evangelista, camuflado entre sudarios sin que nadie le haya exigido explicaciones y, a la chita callando, transite por los descampados de la Historia sin despertar a los feroces jueces con que ella criba a los buenos de los malos. Bien por el contrario, hay una tendencia generalizada a creer que usted  era simplemente una buena persona, sin carisma alguno y que le tocó en suerte ser la cómoda disculpa para el lucimiento de un sobrino. En otras palabras, un tío de bajo perfil, que ni fú ni fá.

Pero su buena imagen termina, hoy y ahora, en este escrito. Dos mil y pico de años después, me cruzo en su camino para señalarlo como culpable irredento de un silencio ominoso. Su perjuicio aun gravita como espada de degüello sobre cada uno de nosotros. Créame, señor don Lázaro, que no hubo en el pasado ni hay en el presente ni habrá en el futuro un mutis tan clamoroso como el suyo. Ni otro que por omisión involuntaria o premeditado consentimiento haya condenado a la Humanidad Entera (en mayúsculas para que quepan todos los hombres de todos los tiempos) a la incertidumbre total ante el terrorífico enigma de la muerte. Otra sería nuestra vida y otra nuestra propia visión de sí mismos si a usted le hubiera venido en gana soltar la lengua de esa boquita suya y contarnos de qué va el rollo en el más allá, en la ultratumba.

No es comprensible, antiquísimo señor, que usted viajara a la profundidad sin fondo conocido de las entrañas de la mismísima muerte, durante cuatro días, y volviera de ella sin dar testimonio ni dejar para la posteridad recado grande ni chico. Cualquier otro descubrimiento o revelación hubiera padecido el ridículo y la ofensa de las comparaciones tontas. De acuerdo que por aquellos tiempos y en esos pagos no funcionaba la multimedia ni había, maldita sea, celular ni televisión de sobremesa, con tertulianos que se hubieran pirrado por tenerle en su plató: a lo mejor usted se hubiera forrado con la exclusiva. Aun así, debo decirle que desde edades más remotas se han propagado noticias sobre hechos y hazañas de mucha menor envergadura que su resurrección. Hasta el propio Jesucristo, tan de su cordada, nos ha hecho llegar a través del boca a boca y literalmente piezas orales tan complejas como sus parabólicas parábolas. Hala, y usted ni mú.

Resulta inimaginable que nadie preguntara en su nombre y en el nombre de todos nosotros por lo que usted vio, oyó y vivió de muerto. Quienes lo han estado clínicamente aseguran haber viajado por un largo túnel al final del cual una luz diáfana e intensa, deslumbra con la invasiva y flotante sensación de una paz sin límites. No es una versión fiable. Deja resquicios por donde se cuela la duda y excepto farsa, montaje o broma, usted es uno de los dos únicos resucitados de los que hay registro y memoria. El otro es su resucitador, el ya citado Jesús de Nazareth. Pero con él no contamos. Tiene su propia versión y nos respondería siempre con eso de que "Yo soy la resurrección y la vida, etc".  El de a pie, el de carne y hueso, el que no tenía subterfugios divinos, era usted. Y egoísta, nos ha negado la posibilidad de confirmar qué hay en el último extremo. ¿Qué ley de silencio perdulario, amenaza, juramento o lealtad le obligaron a guardar tan monumental secreto?

Imagine por un instante, señor don Lázaro, que su testimonio nos hubiera ofrecido la certeza de que la muerte es, en efecto, un estadio superior, la felicidad infinita y para colmo eterna. Ya me dirá el profundo vuelco que darían conceptos como vida, guerra, pena de muerte, defunción o asesinato. ¿Podría haber un mejor premio que una ejecución? ¿No sería, por ejemplo, la horca el cielo? ¿O mayor alegría para un enemigo que lo matasen aunque, es verdad, ya nos hubiésemos inventado el arma para tenerlo mil años vivo? ¿Y habría mayor amor al prójimo que coserlo a puñaladas y obra más loable que la de los asesinos si bien es cierto que con frecuencia se les alaba y condecora? ¿Qué reacción tendríamos ante la muerte de un ser querido? A cambio de tanta pena que ahora nos aflige y nos agobia, cada estirada de pata en la familia la festejaríamos y celebraríamos a modo de cumpleaños, con tarta, globos y confetis y, si hiciera falta, payasos Bailaríamos olé con olé sobre el cadáver. Nos abrazaríamos con la dicha y el contento con que se abrazan los que culminan una hazaña o los ganadores que superan con éxito una prueba.

¿Y qué me dice de los creyentes, de los que predican que hay otra vida después de la vida? Usted les hubiera echado una mano que no vea. Los pobres católicos, protestantes y musulmanes, principalmente, no tendrían que agarrarse a la fe como de un clavo ardiendo para sostener sus teosofías. Les hubiera facilitado el argumento definitivo de la existencia de Dios, del cielo y del infierno, economizándonos mucho papel y mucha baba. A cambio, usted les ha dejado un problema moral devastador: el temor a estar equivocados. Su fe no es tan firme. De otra manera todos ellos estarían dispuestos a confirmarlo personalmente sin mediar garantía ni seguro Mafre de retorno. En este punto, usted me preguntará que qué pasa con los terroristas y mártires que se inmolan a cambio de premio en la otra vida. Eso le pregunto yo, carajo.

La única lectura que nos deja el milagro del que usted fue objeto, es que no debe ser tan bueno lo que tan incierto e ineludible futuro nos depara. ¿De qué se conmovió Jesús viendo el dolor de las mujeres por su muerte, precisamente ellas que gozaban de información privilegiada? Si usted la estuviera pasando bomba (por ejemplo que al Paraíso llegaran las mujeres otras vez solteritas, jóvenes y en bola) usted mismo, de puro cabreado, se hubiera echado encima las piedras del sepulcro. Porque a lo mejor este es el infierno y usted, traidor, tampoco nos lo dijo.

Ahora, imaginemos el otro supuesto, es decir, lo contrario. Pensemos que su experiencia, amigo Lázaro –lo de amigo es un decir-, haya sido la de haber llegado a la absoluta Nada y que, en verdad de verdad, polvo somos y en polvo nos hemos de convertir. Advertidos de que tal es la naturaleza de nuestro fin, ¿no cree usted que atesoraríamos cada minuto y cada instante como si fuera el único y el último? ¿Sin la amenaza del pecado y su condena y sin la virtud, esperanza de gloria venidera, cuáles serían nuestros códigos de conducta, qué valor tendría la propia vida, a qué cielo alzaríamos la plegaria y en nombre de qué Dios y bajo la amenaza de qué terribles llamas los jerarcas descargarían su báculo implacable?

¿Se da cuenta ahora de su error? A usted le fue dada la única oportunidad de contarlo y la perdió. Usted nos ha condenado por los siglos de los siglos al peor de los suplicios: el de la duda. Y eso, mi querido señor –lo de querido es otro decir-, no tiene perdón. Ni olvido.

Sin más por el momento e indigesto de indignación, reciba mi más sincera rechifla y abucheo. Créame que no me ha hecho la menor gracia aplazar el problema de la existencia o inexistencia de  Dios hasta después de muerto. Para un anti-católico practicante como yo, puede ser demasiado tarde. ¡So zombi!

Luis Aguilera