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Señores, ¡Hagan Juego! Y allí estaban todos, jugando, unos perdían, otros ganaban las pérdidas de los unos. La Bolsa, aquella vieja oronda y sobreactuada contemplaba con deleite los magníficos beneficios, que recogían sin parar sus esbirros.
Aquel negocio empezaba a torcerse, al público ya no le hacía tanta gracia invertir en un juego, en el cual sólo se admitían apuestas de corrupción, asesinato o poder. La Señora comenzó a tambalearse y a hiperventilar. Nadie le prestaba atención, salvo los súbditos más directos que vivían del negocio de aquel siniestro juego.
La hora de la Jubilación estaba a la vuelta de la esquina, una nueva dirección más audaz y siniestra, con otra gerente mucho más ávida de poder.
Sus hábitos, totalmente diferentes. Los resultados mucho más productivos.
Inferno
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