Anoche
tonteaba en mi PC, cuando, como siempre, la de negro entró sin
anunciarse. Se sentó cómodamente en mi sofá y me miró burlona. Yo no le
devolví la mirada, tan agotada me tiene que ya ni me asusta, sólo me
agobia hasta el infinito. Finalmente, harta de soportar su risa
huesuda, me volví a ella y le dije (o lo pensé, aunque últimamente ya
le hablo en voz alta):
-¿Y ahora qué querés? No hace falta que te
sientes en mi sillón a burlarte, ya tengo bastante con aguantarte día y
noche desde hace años. La de negro acarició su guadaña, se acomodó la capucha y miró hacia abajo.
-Hoy
es distinto, traje a mi pequeña amiguita- Y, de la nada, surgió otra
parca chiquita, que se sentó a su lado y también se rió, relamiéndose.
-¿Y esto qué significa? Ya estuvo bueno de idioteces, por hoy te soporté bastante, por qué no te vas al carajo, pedazo de…! Fue
todo muy rápido. Un vuelo fallido, el golpe hueco del hueso
estrellándose contra el piso. Primero inconsciencia, luego revolcones
de dolor. Esperé a que se calmara, no quería moverlo, pero iba
empeorando, así que me erguí temblorosa y lo levanté con todo el
cuidado que pude. Lo puse sobre un almohadón mullido y vi sus
movimientos cortados, quebrados. La pequeña parca se revolcaba de
risa. Mi pequeño amiguito de dolor. Finalmente se quedó quieto,
inmóvil. Las dos de negro aullaban sus carcajadas infernales a coro. Y
no resistí más. Huí despavorida a mi pieza y me arrojé sobre la
cama. Me arrollé en posición fetal abrazada a una almohada. Gemí e hice
todos esos ruidos raros que me salen cuando intento llorar ¿Qué otra
cosa podía hacer a las tres de la mañana? Las urgencias son para
humanos, perros y gatos. Y ni él ni yo encajamos en ninguna de esas
categorías. Mi pequeño amiguito, el único ser que me quiere en este mundo, además de la que me trajo a él. Al
menos hubiera querido algo rápido para él, pero no, tiene que ser de la
forma difícil, de la forma despiadada, como siempre lo fue conmigo. Sé que hay una tercera, bien oculta en la habitación de mi madre, pero a esa intento ignorarla, me supera. Ahora
lucho contra la pequeña rata mientras la grande pasa su guadaña filosa
por mis ojos, por mi estómago, por mis cabellos, haciéndolos caer sobre
el teclado mientras escribo estas letras. Sé que es difícil que pueda
con la pequeña, apenas puedo ya con la grande, la mía. Las dos llevan
las de ganar.
Nofret
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