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A Julia, para que la limpieza no le suponga demasiado trastorno.
La montaña
de papeles, entarampincolados en un rincón, estaba mermando peligrosamente el
espacio de aquella habitación, francamente limitado.
Ella entra
en la habitación con la obligación de ordenar todo aquello, con tímidos movimientos
se acerca a ellos. En su cuerpo nota un vértigo, sabe que toda su vida está
allí. Escoge de entre toda la montaña uno, es una servilleta de bar, cuyo fino
papel sostiene una lista de deseos imposibles.
Por un
momento duda, y decide marcharse, pero en el segundo paso, se arma de valor, y
con cierto miedo vuelve hacia ellos. Busca un lugar donde meterlos, y encuentra
una bolsa de plástico negra, se acerca, la abre con cierto nerviosismo, y
comienza a meter rápidamente, a puñados, los papeles enteros:
Cartas de amigos; la primera nota de su amor; sus notas escolares (nunca fue gran
estudiante); aquellos primeros relatos, que tenían pretensiones de novelista;
sus sueños de niño; las quejas de la adolescencia; una nota desesperada a
ninguna parte.
Todos estos
papeles se confudían en aquel agujero negro del archivo. Media vida se fue en
aquel trozo de plástico, que cerrado con rabia contenida y unas lágrimas, traicionaban el trabajo
rutinario y necesario de limpieza que debía hacer en aquel lugar lleno de
recuerdos.
La
habitación no quedó vacía mucho tiempo, puesto que comenzaron a amontonarse de
nuevo, papeles actuales. La memoria seguía en perfecto funcionamiento.
Jimul
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