Cabezas de muñecas. Ojos inmóviles, sin pestañas, sin cejas en los rostros de plástico. No puedo vivir sin ellas – fue lo que dijo el reo al jurado – mientras confesaba que todo empezó al encontrar una maleta una madrugada en una calle solitaria de su ciudad. Él alimentó y cuidó a la niña con mucho amor, pero fue incapaz de arrebatársela a la muerte.
Dario
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