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Su situación apurada no se
prestaba a una negociación razonable. La pobreza era algo que no se valoraba en
aquella tierra en la que sólo se ensalzaba la Utopía de la Riqueza y el Poder. Cansado de explicar su
realidad y de dar soluciones, se despidió de su mujer y sus dos hijas con lágrimas
en los ojos.
Se montó en el coche de su
mejor amigo, plantándose en mitad de la ciudad. Se bajó, recorriendo unos
metros, miró por última vez su
particular “eldorado”. Por último se duchó profusamente de gasolina, y con una
mirada al cielo, acercó la llama de un mechero que decía: “La suerte siempre
va contigo”.
Inferno
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