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La angustia
que le producía la escasez de la nicotina por sus venas, le llevó por los
caminos más pedregosos y mortificantes que una persona puede tener en su vida.
Eran las
12, el sol caía con justicia ante unos parajes quemados por el sol. La sed que
producía aquella furgoneta con el calor del pan recién hecho, sólo era
comparable a la que sentía por la falta de un cigarro que llevarse a la boca.
Su parada
en aquel pueblo fue proverbial, un bar en plena carretera le llevaría al reino
de la Nicotina,
en el que los amantes de lo prohibido alcanzan los máximos orgasmos. Pero todo
estaba en su contra, el bar cerrado, y nadie que le pudiese socorrer ante tal
agonía.
De repente,
un olor característico le llega a sus fosas nasales. Y allí estaba siguiendo el
rastro como un auténtico sabueso. El salvador estaba a unos metros, con una hoz
y un sombrero de paja, bajo una la sombra de una casa de piedra, aspiraba la
esencia del tabaco.
- ¿No
tendrás un cigarro? Es que el bar está cerrado.
- Pues
sólo me quedan dos.
- ¿Me
puedes dar uno? Es que llevo sin fumar desde que salí de casa. Y
¡¡¡Ufff!!!
- (Con una mirada de desafío) Te lo
cambio por una barra de pan.
Aquellas
palabras retumbaron en su cerebro, e inmediatamente no dudó
un segundo, abrió la puerta de su vehículo y de allí sacó
una caliente y sabrosa barra de pan, que fue cambiada en el acto por esa mínima
delicatessen llamada Marlboro. La primera calada fue el mejor orgasmo de toda
su vida.
Al fin había descubierto que el trabajo que
heredó de su tío tenía algo de interesante.
Jimul
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