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El lunes se inauguró, bajo 800 metros de montaña, un observatorio astronómico. Se trata del Laboratorio Subterráneo de Canfranc, en el Pirineo aragonés, y ha sido catalogado por el Ministerio de Educación y Ciencia como instalación científica singular, al igual que el Gran Telescopio de Canarias. ¿Su objetivo? Estudiar unas elusivas partículas que se producen en multitud de procesos cósmicos, los neutrinos. Son tan esquivas que pueden atravesar un bloque de plomo de varios millones de kilómetros de grosor sin enterarse –sí, han leído bien–. También se investigará lo que se llama la materia oscura, que se encuentra por toda la galaxia y que todavía no hemos detectado.
Nuestro universo es más extraño de lo que podíamos imaginar.
Todo comenzó en 1933 cuando el astrónomo Fritz Zwicky descubrió que en los cúmulos de galaxias había más materia que la que se veía en forma de estrellas y nebulosas. Observaciones posteriores demostraron que hay diez veces más materia que no se ve –de ahí el apelativo de oscura– que materia luminosa. Y lo peor de todo: no es del tipo que conocemos. La materia oscura está hecha de algo diferente a los átomos y partículas subatómicas con los que jugamos en laboratorios y aceleradores de partículas.
Pero eso no es lo peor. Diciembre de 1997 fue el principio del fin. Ese mes se demostró que la expansión del universo se está acelerando. Si esto sucede, es que hay alguien que empuja, que recibe el nombre de energía oscura. Lo peor no es que no sepamos qué es esa energía oscura; es que ni tan siquiera la entendemos. El llamado «modelo de concordancia» del universo dice que en él hay un 5% de materia ordinaria, de la que estamos hechos nosotros, planetas y estrellas; un 25% es materia oscura y un 70%, energía oscura. O sea, que no tenemos ni idea de lo que está hecho el 95% del universo.
Miguel Ángel Sabadell
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