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Llevaba mucho tiempo dándole vueltas. Su tremenda coquetería de mujer hizo pedirle a su marido, que para su próximo cumpleaños, le regalara un espejo para poder ver y contemplar su rostro, ya que nunca se había visto. El Sol, preocupado por la insistencia de este capricho, decidió enviar una señal de socorro al único planeta que podría escucharle, La Tierra. Y tras un guiño en el espejo de aquella azafata, mientras se maquillaba en una recepción hispano-italiana, surgió una osada conversación, acabando en un atrevido proyecto mediterráneo.
Tras unos meses de investigación y desarrollo dieron como resultado la fabricación de un espejo de mano, para que La Luna pudiese verse reflejada, al tiempo que el Sol lo utilizó con el mismo propósito, pero poniendo como excusa un experimento científico.
Y fue así, como en aquella pequeña aldea perdida entre montañas, recibió por primera vez la visita del Sol, cuyos fríos y oscuros días se apoderaban de los meses de invierno.
La coquetería de una mujer dio como resultado uno de los proyectos más bonitos en la breve historia Humana.
A.S.I.
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