Infierno

(Sólo para condenados)

14 de Marzo, 2006


Lumumba: La Leyenda

Publicado el 14 de Marzo, 2006, 11:06. en Relatos variados.
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Aventuras en el Exterior


Desde luego, viniendo de donde venía Lumumba  no se presentó ningún familiar para atenderlo por lo que las enfermeras y alguna doctora que otra tomaron bajo su tutela el restablecimiento emocional del chico cosa que desde luego Lumumba agradeció encarecidamente. Y ya fuera porque Lumumba jamás había tenido contacto con el mundo moderno o por su propia imbecilidad el traumático paso de la vida salvaje a la más pura civilización no causó ningún daño mental  que añadir al del destete.

 

La recuperación fue lenta cosa que agradecieron, como ya hemos dicho las enfermeras, alguna que otra doctora y la esposa del moribundo de la cama de al lado pues Lumumba pagó sus desvelos con lo único que era suyo, el hatillo con los tres trapos se quedó en medio de la carretera donde fue atropellado, y que siempre le acompañaría allá donde fuese; su extraordinario potencial amatorio o para ser más exactos  con su descomunal falo.  Porque los habitantes de la sabana no tienen pene, minga o manolita; tienen falo que es más como de selva y Lumumba podría llegar a ser lo que fuera pero la selva nunca salió de sus venas. Incluso mucho tiempo después, cuando vivía displicentemente en una enorme mansión de Beverli Hills  conservó en un pequeño cuarto el medio kilo de arena de la sabana que le extrajeron del estómago después del atropello. Medio kilo de arena y un par de bujías, pero conservar las bujías no le pareció muy tribal con lo que las desechó en un contenedor de restos humanos que encontró a su salida del hospital.

 

Bujías, que por cierto, provocaron un enorme incidente en la planta de reciclaje de restos humanos y que fue encadenando hechos hasta acabar con el derrocamiento del gobierno del país. Y es que  Lumumba en su imbecilidad congénita derrocó gobiernos y elevó ideales a los más altos estamentos mundiales. Mayormente porque la desconsolada acompañante del moribundo, vecino de habitación hospitalaria de Lumumba, a causa de la larga convalecencia de este cogió unas ladillas solo encontradas hasta aquel día en el aparato reproductor de las vacas selváticas. Y este hecho consagró a un afamado doctor especialista en enfermedades venéreas hasta llegar al estrado de la fastuosa Academia de la Música de Estocolmo donde fue a recoger su Nóbel en medicina  por haber acabado, no sin un arduo trabajo de investigación y constantes desvelos, con la mayor plaga de ladillas selváticas que jamás se conoció en el mundo entero. 

 

          Pero vayamos desarrollando poco a poco todos estos puntos con todo detalle.

 

          Lumumba siempre había sido un buen cristiano y voluntarioso (sobre todo con el cuerpo femenino) siempre le había procurado dar lo mejor de sí. Su potencia varonil y su comportamiento salvaje, era algo que las féminas con las que había tratado lo valoraban de una forma muy especial. La "corpulencia" de nuestro amigo fue de boca en boca del personal sanitario de aquel centro. De ahí a comprobar sus efectos beneficiosos en los cuerpos libidinosos femeninos que pululaban por allí, fue todo uno.

 

          Claro que los riesgos de contraer enfermedades venéreas eran muy evidentes, el condón era algo que no existía en la conciencia de Lumumba, ni tan siquiera sabía qué era el plástico o látex… Como mucho había oído hablar de la "marcha atrás". Todo esto no importaba a las beneficiarias de tan suculento espécimen. Alguna de aquellas hembras no tenía por costumbre un aseo íntimo pertinaz, unido a la dejadez de Lumumba, fue la causante de la transferencia de las ladillas a toda aquella persona que mantuviese relaciones con él.

 

      Y ocurrió que una de las mujeres que pasaron por los encantos de nuestro aventurero, fue la mujer del Delegado de Defensa del Consulado de los EE.UU. en aquella ciudad. Una rubia, estilo Barby, con un pasado un tanto peculiar relacionado con el afamado y sustancioso negocio de las películas porno, mujer de 26 años y de cuerpo escultural, chocaba mucho con el aspecto burgués y bastante amueblado del Delegado. Un General de División con buenos contactos en las altas esferas conservadoras, debido a su carácter tremendamente ambicioso, su nombre era Gerald Howart, y su trabajo allí consistía en una misión  de espionaje extremadamente delicada. La CIA había preparado un golpe de Estado en ese país. El sólo tenía que ser la espoleta de la sublevación. El plan consistía en acusar al gobierno de comprar tecnología de segunda, para desarrollar una industria armamentística que iba a desestabilizar los intereses imperialistas en esa parte del mundo.

 

          Aunque el general cincuentón tenía una vida oculta, o eso pensaba él. Unos intrépidos periodistas americanos le seguían la pista muy de cerca sospechando que el General no era trigo limpio . Sí, a nuestro amigo le gustaban mucho los "alimentos muy poco hechos". El emparejamiento con el bombón había acallado muchos rumores, o al menos esa ilusión se hacía él. Y para poner  tierra de por medio y evitar intromisiones curiosas eligió un destino como ese en la perdida África, allí podría saborear los placeres ocultos de los jóvenes negritos sin levantar sospechas y montar su particular negocio de intercambio de material pornográfico.

 

 

          Como muchos veces antes, aquel día la esposa del General ejercía una de esas misiones caritativas propia de su status social más por obligación que por verdadera vocación dándose un garbeo por las salas del hospital local, había oído hablar de la llegada del espécimen sexual  y quería asegurarse que lo que contaban las malas lenguas era cierto; si la potencia del muchacho era tal y como le habían asegurado desde luego ella no se iba a quedar sin probarlo, y es que era lo que tenía estar casada con un tipo como era el General, que las relaciones maritales eran escasas, por no decir prácticamente inexistentes  y que cuando sonaba la campana y lo cataba era como el que tenía tos y se rascaba los cataplines.

 

 

          Eran las 12 de la mañana, la hora habitual de Nancy para hacer su habitual ruta "eucarística" por el hospital. Lumumba estaba descansando plácidamente en aquella habitación apartada. Con paso decidido y discreto, entró sigilosamente en la habitación, destapó con cuidado la sábana y ahí comenzó su "práctica misionera". Se quitó la ropa, subió a la cama, y comenzó a "orar". Lumumba se despertó y sin pensarlo dos veces correspondió como merecía la plegaria , in crescendo sin poder reprimir una sonrisa bobalicona que le confería un peculiar rictus pontificeo . Gerald, el General, que rondaba por allí con la mosca detrás de la oreja, puesto que le habían soplado que su esposa había mostrado un particular interés por el negro , decidió hacer una visita de reconocimiento sabedor de las carencias afectivas que tenía su señora. Los pasos del general se hacían cada vez más fuertes, al tiempo que los gemidos se volvían gritos de placer. El picaporte de la puerta hizo un movimiento brusco y seco. Lumumba descubrió en ese momento el "cohitus interruptus" y lo que era la  obsesión anglosajona por salvar el honor mancillado de un macho  del Imperio. Ambos, Lumumba y la rubia, salieron por la ventana totalmente desnudos, y sin otro remedio que tratar de buscar  alguna otra por la que entrar. Una de las enfermeras que los vio, los dejó entrar. Como fuera que los dos estaban en pelota picada y no era cuestión de andar así por las calles de la ciudad africana convencieron a la enfermera para que les aprovisionase de alguna indumentaria, a ella le dio un traje de enfermera y a él una bata de enfermo, los llevó hasta recepción. En la huida Lumumba se había agenciado la mochila de un visitante ya que su hatillo, como ya dijimos había quedado abandonado en mitad de la carretera. Lumumba miró entre las  cosas y decidió ponerse parte de las  ropas que encontró en la mochila sustraída debajo de la bata de enfermo, es decir unas bragas de blonda holandesa y unos pantys de rejilla. Y como es bien sabido que las recepcionistas de los hospitales africanos son amables hasta el paradoxismo la encargada de turno, al tiempo que abandonaban el hospital, le dio a Lumumba una bolsita con las escasas pertenencias con las que llegó al centro sanitario; por orden: un taparrabos manchado de grasa, dos collares hechos de dientes de ancestros fallecidos, una bolsita de plástico con medio kilo de arena y dos bujías; como bien les informó la recepcionista estas dos últimas cosas eran los restos que le habían sacado del cuerpo cuando ingresó en el hospital y que a ellos no les gustaba quedarse con nada que no fuera suyo.

 

Sin entender muy bien  qué hacía eso ahí, las bujías,  las tiró en la primera papelera-cenicero que encontró. Todo ello sin saber que la papelera era el lugar de contacto para dar la señal y comenzar el "conflicto regional" (guerra civil salvaje, a todos los efectos) en esa zona. El General Gerald, que hasta entonces estaba obcecado por averiguar algo más sobre las "acciones caritativas" de la parienta ", se dio cuenta de la señal en el cenicero. "Dos bujías en el cenicero al lado de la puerta de salida del hospital". Había llegado la hora de iniciar el fatídico plan ;24 horas antes de lo esperado a lo planeado por él mismo pero ordenes eran ordenes y la lealtad al estado estaba por encima de cualquier otra cosa.

 

Por otro lado la Rubia y el Negrito se encontraban a salvo en la calle, y decidieron continuar lo que habían comenzado en el hospital en un motel de las afueras. El General, por otra parte, había reunido el gabinete de crisis en el Consulado, y pedido a la "Central" (EE.UU) el permiso para dar el golpe de estado. Y mientras nuestra pareja de tórtolos retozaban en una cutre estancia hotelera, unos carros blindados se dirigían hacia los principales edificios oficiales, secuestrando al gobierno y matando a todos sus dirigentes. La operación "vudú" había comenzado.

 

Estaba visto que la relación nunca llegara a consumarse ya que , de nuevo, un ruido  la fiesta de aquella pareja extraña y que por las buenas lo único que les unía era  su querencia excesiva al sexo, o quizás si tenían algo más que ver…