Infierno

(Sólo para condenados)

Lumumba: El Exodo

Publicado el 7 de Marzo, 2006, 10:48. en Relatos variados.
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Tal vez fuese por sus anhelos de conocer otras tierras, tal vez  por los sueños de adolescentes, o simplemente porque era obligado a dejar esas tierras por patas.

 

El hecho de que tuviese que salir a muy temprana  hora de la mañana, con los cuatro trapos (3 de ellos en el atillo) y una lanza, fue el inicio de una nueva etapa de su vida, la adolescencia quedaba atrás, en ese poblado… Ahora ya era un hombre (bueno, un desastre de hombre) Nadie de su poblado sabía qué existía más allá del paraje Suruya, límite de seguridad marcado por esa tribu, más allá de ese perímetro la aventura era segura.

 

El sol despuntaba cuando Lumumba  traspasaba el límite de Suruya, es decir, comenzaba LA AVENTURA, lo primero que se encontró fue un "charco" excesivamente grande que había que cruzar,  y un barrizal con unos "troncos" que se movían torpemente hacia él… Intuyendo que aquellos "troncos" no le simpatizaban mucho (la comida vegetariana no había sido nunca su fuerte), inició el vadeo del río. Curiosamente esos troncos cuando entraban en el agua se volvían mucho más rápidos y amenazantes. Rápidamente también averiguó que no había sido buena idea cruzar a esas horas por ahí, su miedo fue creciendo, y un exceso de adrenalina se apoderó de él, dando muchas más brazadas de las que él creía posible, atravesando el "charco" rápidamente, los "troncos" se enredaron en una pelea por un desayuno inexistente, siendo uno de ellos el desayuno.

 

Más tarde descubrió que el nombre real de esos "troncos" tan poco recomendables era Cocodrilos.

 

Su cuerpo atlético comenzaba a resentirse de las aventuras al estilo "Mortadelo y Filemón". Su sed comenzaba a ser la del desierto del Gobi. Definitivamente, toda aquella situación había que solucionarla.  Al llegar a un claro, vio un monstruo que corría mucho y hacía un ruido infernal (para nosotros un todo terreno) y unos seres muy parecidos a él pero que parecían enfermos por el color tan pálido que tenían. Con una vestimenta un poco payasa. Nada propio para caminar por una sabana. Acechando y vigilando sus movimientos, en un descuido, asaltó su despensa y cogió lo que le pareció conveniente, junto con una botella rara que ponía  J-h-o-n-y   W-a-l-k-e-r. Inmediatamente se fue bajo un árbol y allí devoró la carne… Era extraña, sabía a plástico y su nombre era M-c-D-o-n-a-l-d-s. Para dejar buen sabor de boca, bebió ese "agua" tan extraña, apenas de un trago. Sudores y euforia se hicieron fuertes en su cuerpo, comenzó a saltar sin sentido, a dar tumbos y marearse (era un Lumumba en estado incontrolado, bueno, aún más incontrolado). Salió a la pista de monstruos de acero (carreteras para nosotros) y allí tras una exhibición ridícula de guerrero machito, un jeep se lo llevó por delante.

 

Su entrada a la ciudad fue inconsciente, como toda su vida  y por la puerta de urgencias de un centro hospitalario (la vida de Lumumba siempre ha tenido cierta urgencia… hacia el caos).

 

En los primeros estadios de su inconsciencia Lumumba soñó. Otro accidentado en su caso no hubiera sentido nada; se supone que el estado de inconsciencia es, por decirlo sencillamente,  como cuando se funde un fusible pero Lumumba tenía que soñar. Y claro está soñó con lo que él conocía bien, la sabana. Cientos de leones y leonas paseaban amigablemente con él mientras mantenían animadas charlas sobre el sentido de la vida y el fin único de la existencia. No es que los leones no mantuvieran estas profundas charlas, pero nunca se ha sabido que compartieran esos pensamientos con humano viviente. Los leones de la sabana es lo que tienen, una fama de filósofos que para que vamos a contar.  Pero no os extrañéis, Lumumba en algún recóndito lugar de su cerebro tenía algo parecido a la inteligencia, incluso si alguien especializado hubiera cogido al chico cuando aún era pequeño hubiera logrado hacerlo parecer hasta listo.

 

Pero volvamos a los delirios oníricos de Lumumba; dentro de lo variopinto que resultaba la población de la sabana, Lumumba siempre había sentido un especial aprecio por las hienas, no porque estos carroñeros tuvieran dos penes como pudiera creer cualquier mal pensador, más bien porque siempre estaban riendo. Ya podías estar dándoles palos que los bichos no paraban de reír y esa sin par alegría y ese positivismo a la hora de enfrentar la vida llenaban a Lumumba de un sentimiento que podríamos reflejar aquí como un no rendirse a la adversidad. Ya sabemos, ustedes y yo, que las hienas no se ríen que su fingida alegría no es más que un rictus genético. Pero que quiere que les diga, nunca nadie se atrevió a quitar tan pequeña ilusión a nuestro protagonista.

 

Y entre jeringazo de Novocaína y de morfina, es que eran pelín bestias los médicos de las urbes africanas, Lumumba no terminaba de salir de su estado letárgico. Ya podían darle de leches que no había manera y sólo cuando una de las enfermeras, un poco rarita ella, acunó las narices de Lumumba entre sus turgentes senos pareció Lumumba que daba unos débiles atisbos de consciencia. Sobre todo porque aunque el paciente no terminaba de despertar tuvo que intervenir medio servicio de seguridad del hospital para conseguir arrancar las manos de Lumumba de los maternales pechos. Todo  cosa del trauma infantil al perder a su madre a tan temprana edad y no haber tenido un destete adecuado.