Infierno

(Sólo para condenados)

Febrero del 2006


Lumumba: La leyenda

Publicado el 28 de Febrero, 2006, 3:29. en Relatos variados.
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Momentos especiales


Pero a nuestro Lumumba también le acontecieron otros hechos que sin su intervención se tornaron muy surrealistas. Lumumba tenía un padre, desnaturalizado pero a las cuentas padre. Como ya dijimos la madre murió de parto al nacer la criatura y poco después el padre le dejó en manos del brujo para que se ocupara de él. El Señor Padre como le llamaba Lumumba y en contra del consejo de toda la tribu y de las costumbres nunca volvió a tomar esposa; él decía que se debía a que el amor tan enorme que profesaba a la difunta le impedía volver amar a mujer alguna como esta se merecía, aunque en confidencia os contaré que la verdad indiscutible de la viudedaz empedernida del hombre era que temía volver a engendrar  otro Lumumba.

No es que el hombre no tuviera sus escarceos amorosos con las mozas tribales de moral más distraída en “un aquí te pillo, aquí te mato” detrás de cualquier matojo. Y no es que alguna de estas mozas no engendrara más de un crío con rasgos ligeramente parecidos a Lumumba pero esos hijos ya no eran problema del padre desnaturalizado. Y es que Lumumba le recordaba tanto a un abuelo suyo, hemos de decir que fue el causante de la casi extinción de la tribu, que cuando fornicaba y por cualquiera que fuese la causa le venía a la memoria su legado para la humanidad  la cosa decaía al instante y tampoco era cuestión de rebajar el pabellón sexual de la familia.

 

Y estando entre estos menesteres y otros parecidos llegó al poblado de al lado una remesa nueva de alegres chicas de virtud condescendiente; claro está que aquello causó ciertos desarreglos hormonales en todos los hombres de la tribu de Lumumba y circundantes;  y durante una temporada todos los hombre de la tribu, en edad reproductora y los otros que se ayudaban para cumplir como hombres de los mejunjes de los brujos, fomentaron el intercambio intercultural.

Pero como todo en esta vida cansa y debido, también, a que las legítimas comenzaron una huelga a la japonesa en los que se refería a cualquier tipo de relación marital con sus respectivos la cosa del intercambio intercultural decreció notablemente. Lo cual no es óbice para que algunos, libres de ligaduras maritales, continuaran visitando el lupanar aborigen.

 

Desde luego las citadas mozas no ofrecían sus favores sin más. De alguna manera debían de amortizar los años empleados en el estudio del romántico y lucrativo arte amatorio, que ellas llamaban licenciatura de Relaciones Públicas en el ámbito rural, y por cada favor más o menos estudiado recibían en compensación un emonumento que generalmente consistía en media docena de gallinas ponedoras por el alquiler del local  y un ternero temprano por la asistencia especializada. Incluso, y es que no las podemos negar la inteligencia administrativa, crearon una tarifa plana que permitía varias visitas para recibir asesoramiento por un pago único y mensual de 40 gallinas ponedoras y dos vacas en edad reproductora.

 

Y no debemos engañarnos, el padre de Lumumba no era para nada  un potentado, más bien tenía la suerte de conservar unos ahorrillos de su época de guía de excursionistas blancos. Unos ahorros que había ido invirtiendo en vacas y gallinas consiguiendo, de esa manera, tener una buena cantidad de cabezas vacunas  y aviares. Lo que se dice para tener una vejez relajada. Pero señores, la edad no perdona; y el padre de Lumumba pedió, después de un accidente con una botella de coca cola arrojada sin miramientos desde un boeing 727 conjugado con la pila de años que acaparaba el hombre; perdió, decíamos, el buen funcionamiento de los enlaces neuronales y en una de sus visitas al lugar de desfogue sexual  y teniendo que pagar por los servicios requeridos, que no eran muchos ya que las cosas no eran como 30 años atrás ni funcionaban como entonces, no se le ocurrió otra cosa que proveer a la moza de la llave del corral para que ella misma se cobrara. Y ya fuera que la moza andara más necesitada de lo habitual o que la vista de la llave la provocara unas ansias ilimitadas de gallinas y terneros al irse a cobrar los servicios donde debía de poner 4 escribió 400.

 

Lumumba acostumbraba a visitar con frecuencia el legado familiar, por eso de recrearse el los bienes que le estarían por venir al ser el único descendiente reconocido y legal; y cuando descubrió que tal legado había, poco menos, que desaparecido increpó a su progenitor. Y es que Lumumba podía ser medio gilipollas pero en cuestión de  cuartos no se le escapaba una. El padre, que nunca sabremos si alguna vez se dio cuenta de la faena que le habían hecho hasta el momento en que su hijo le recriminó  o que la vergüenza le impidió reclamar, intentó defenderse como lo hace todo el que es pillado en una falta muy gorda, es decir atacando.

 

Y de sopetón se encontró Lumumba sin herencia y encima acusado de abandonar a su anciano padre cuando todos sabemos que fue al revés. Aquel día debía ser que había alguna conjunción estelar rara, de esas que se dan cada cien mil años, que Lumumba tubo una buena idea. Si su padre negaba la mayor, que no había tenido ningún intercambio intertribal,  y que como aseguraba la herencia había desaparecido por una apropiación indebida de la llave del corral Lumumba obligó a su padre a presentar denuncia en la gran asamblea de jefes tribales de la región.

 

La verdad es que la escena resultaba más que estrambótica a ojos ajenos a la situación; el padre sentado en una piedra mientras contaba al encargado de recibir las quejas una historia rara sobre engaños y sitios oscuros donde no se venía el uso que hacían de llave del corral mientras Lumumba, en pie detrás, con los brazos cruzados sobre el pecho  daba patadas a los cantos de la explanada preso de la ira. Y es que el hecho de que Lumumba tan solo contara, por aquel entonces, quince años con el tipo propio de adolescente de esa edad en el papel de preceptor haciendo comentarios al margen, y entre dientes, cada vez que el encargado de recibir las quejas  intentaba recabar información del supuesto estafado provocó cuando las voces se corrieron el cachondeo padre en toda la comarca.

 

Desde luego Lumumba nunca más volvió a saber de la herencia y el consejo de ancianos tampoco dio resultado a la denuncia por lo difícil de demostrar que tenía el delito. Pero el estigma familiar si que fue heredado y sin menoscabo de la potencia sexual de Lumumba la cosa se agrandó considerablemente.

 

 (Macaco)


La Leyenda de Lumumba

Publicado el 21 de Febrero, 2006, 20:30. en Relatos variados.
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Sólo unos apuntes

Pero antes no podemos obviar cierto episodio para lo cual es conveniente informar al lector de ciertas curiosidades de la zona donde vivía Lumumba. El poblado oriundo de nuestro afortunado protagonista se encontraba justo en medio de la ruta migratoria del elefante africano. De esta manera dos veces al año numerosas manadas de elefantes atravesaban, formando un  follón de espanto, la única calle del poblado. A causa del ímpetu migratorio no había año en que no fallecieran varias gallinas aplastadas por los plantígrados. Varias gallinas y el jefe de la tribu, el bien afamado y venerado por todos Yinga Dura.

 

¿Que cómo puede ser que un venerable anciano acostumbrado al trasiego elefantil falleciera a consecuencia de tan tiernos e inofensivos animales? Muy sencillo, la causa fue Lumumba.

 

Lumumba acababa de cumplir los tiernos 10 años, se pasaba las horas observando los rituales matrimoniales de los jóvenes de la tribu, cosa que desde luego al jefe no le hacía ni pizca de gracia ya que de  varios de aquellos juegos era formal  protagonista Yinga Dura; sus esposas tenían cierta propensión a comer setas envenenadas lo que hacía que el viudo reiterado tomara nueva esposa con frecuencia.

 

Sucedió que un lamentable día el jefe estaba ocupándose de los menesteres propios de cualquier recién casado cuando oyó crujir, eso sí levemente, uno de los costados de la cabaña nupcial. Levantó la vista de sus quehaceres y pilló a Lumumba absorto en el estudio del antiguo arte de la fecundación. Tan absorto estaba Lumumba estudiando los senos de la recién casada que apenas se percató de la aparición, a su espalda, del jefe Yinga.

 

Sus dientes, los de Lumumba, rechinaron contra la mierda de vaca que recubría la cabaña con tan mala suerte que terminó con la mandíbula desencajada a causa del cogotazo que le propinara el jefe. Como estamos hablando de la más inhóspita sabana carente de todo tipo de asistencias sanitarias y teniendo en cuenta que al brujo de la tribu Lumumba le importaba un carajo la suerte del muchacho con el tiempo la mandíbula jamás volvió a su originario lugar provocando un rictus de difícil mirar.

 

Pero volvamos a tan aciago día, Lumumba pillado en la falta y con la mandíbula colgandera se volvió hacia el causante del mal. Y como quisiera la suerte, también, que al tiempo pasara por el lugar un solitario reptil reptante que se vió aplastado por el peso, que no era poco, del jefe Yinga Dura; el pobre animal se defendió como bien pudo y asestó fenomenal mordisco en el aparato reproductor del afamado regidor de la tribu. El jefe que se vió prisionero del mortal mordisco en tan delicada parte comenzó a correr por todo el poblado con el pobre animalico colgando.

 

Desde luego las mujeres del a tribu no eran lo que se puede decir unas catetas, aunque se hubieran criado en la sabana, y entre los gritos del jefe que más bien parecían de alegria y lo rápido que corría este por entre las chozas muchas pensaron que la fama erótica del gran jefe no era un cuento chino de los que se suelen contar en las reuniones de comadres aborígenes. Pero la mala suerte no se cebó únicamente en el aparato reproductor de Yinga, quiso el destino que por ser año bisiesto la migración del elefante se adelantara media hora y coincidiera en el espacio y en el tiempo con la fuga desesperada del buen hombre.

 

Al cabo de varios días los más intrépidos de los cazadores de la tribu que salieron en busca de los restos del jefe volvieron con una espachurrada piel de serpiente que aún conservaba entre sus mandíbulas un inflamado y amoratado apéndice amatorio.

 

El gran jefe Yinga hubiera muerto de todas maneras por el efecto letal de la mordedura de la pobre serpiente, pero eso nunca quedó en los anales históricos de la tribu sin embargo lo que sí quedó constatado por los siglos de los siglos fue que cada vez que un gran jefe de la tribu tomara nueva esposa, ya fuera por los efectos de las setas venenosas o cualquiera otra circunstancia, Lumumba era atado a la acacia más alejada de la aldea; atado por los pies por si había suerte y algún buitre despistado no caía en la cuenta que la presa que tan fácilmente se le ofrecía era un muchacho sano y no pura carroña. Pero nunca se dio tal casualidad, o bien los buitres de la sabana eran muy listos o Lumumba tenía una suerte del demonio; del demonio de la sabana claro está.

 

 (Macaco)


La Leyenda de Lumumba: Adolescencia

Publicado el 20 de Febrero, 2006, 22:18. en Relatos variados.
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Sigue la leyenda


         (...)Corrían los 12 años por las venas de Lumumba, sus hormonas comenzaban a hacer estragos en su cuerpo, y los sueños de guerrero, se entremezclaban con ensoñaciones eróticas, desembocando muchas veces en poluciones nocturnas y diurnas. Estas ensoñaciones se acentuaban, al estar viviendo con la familia del hechicero. Sus dos hijas Nikimba y Rual eran dos bellezones gemelos de constitución sexual sin precedentes. Ambas jugaban a ser las madres adoptivas de Lumumba, puesto que eran un par de años mayores que él. El cambio hormonal de nuestro amigo le hacía ser un proyecto de un "negrazo" que diríamos los blancos. Su virilidad estaba fuera de toda duda y día a día comenzaba a despuntar como uno de sus mayores "activos" ,  en perjuicio de su Sentido Común que disminuía progresivamente y con relación al crecimiento de sus atributos.

 

          Soplaban las 14 primaveras de este botarate, cuando un buen día, y tras padecer un resfriado sabanero (de la Sabana, me refiero), las enfermeras Nikimba y Rual dedicaban parte de su tiempo a cuidar a ese tesoro que pronto le daría unos "excelentes momentos" (la brujería de aquellos cuerpos femeninos pronto curaría el mal de Lumumba, pero encendería otro, aún más difícil de apaciguar). Las fiebres habían hecho delirar más de lo necesario al muchacho, por lo que las enfermeras no cesaban de rondar su cuerpo con los mayores brebajes, aquella noche fue interminable, tiritonas y sueños incoherentes, hicieron que las dos hechiceras, desnudas, se arrimaran al cuerpo convaleciente de Lumumba. El día llegó con nuevas perspectivas de vida, y un nuevo Lumumba renació de entre los cuerpos macizos de las bellas brujas… Claro que después de aquella experiencia, quiso repetirla diariamente, por la mañana, al mediodía, en la merienda y a la hora de la cena. Por decirlo de una forma suave, "era una enfermedad incurable".

 

El hechicero se enteró como por casualidad, Indigna (la chismosa del poblado) le fue con el cuento. Y Lumumba dejó de "mamar" de las fuentes de la "sabiduría". Tuvo que resolver pronto el problema de alojamiento, y con ayuda de sus enfermeras logró hacer una choza acorde con su status (un picadero de 30 pajas cuadradas, medida que se utilizaba desde la muerte del Jefe Yinga Dura (viejo que cuando no tenía pareja se masturbaba entre las hierbas).

 

Y esa fue su casa,  y su forma de ganarse la vida, el primer prostituto de un poblado africano. Allí iban desde la mujer despechada del guerrero cascarrabias hasta las hijas del hechicero. Estas habían hecho una campaña publicitaria sin igual en el poblado.

 

La fama de play boy se extendió pronto por todo el territorio. Ya con 17 años, era un mito sex-simbol para las mujeres y un mito sexual para los hombres. Todo esto duró muy poco, un día de otoño tuvo la grave ocurrencia de acostarse con la mujer del jefe de una tribu enemiga, iniciándose una guerra tribal. ¿Consecuencias? La expulsión del poblado a cambio de un armisticio.

 

Lumumba maldijo su armamento, mientras el agua de la única tormenta de todo el verano, arreciaba sobre su cuerpo…

 

Y así comenzó la época del destierro…



(Fuentes Apócrifas de A.S.I)


La leyenda Lumumba: Nacimiento

Publicado el 18 de Febrero, 2006, 23:28. en Relatos variados.
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http://www.jornaldosdesportos.com/opiniao/3._AFRICANO_SIMAO.gif

 

Aquí comienza otro juego infernal, Macaco ha comenzado la Leyenda de Lumumba, un aborígen de la Sabana africana. Pero se ha perdido parte de su historia, y necesitamos que la vayamos completando... ¿Os apuntáis a continuar la leyenda de Lumumba?


Sería muy bucólico y romántico imaginarnos a Lumumba como un aguerrido cazador de la sabana africana pero no debemos de caer en esa provocación, Lumumba era básica y sencillamente medio gilipollas. Si tenemos en cuenta que murió a una edad relativamente temprana devorado por le león más falto de la susodicha sabana africana entenderemos el porqué del apelativo.

 

Y es que su vida, corta, estuvo plagada de aventuras, todas ellas,  a cual más estrambótica y surrealista. Lumumba nació una tempestuosa noche estival, los rayos y truenos retumbaban en la choza de barro y mierda de vaca mientras el gurú de la tribu entonaba los típicos cantos rituales para tal evento. No es que la noche hubiera tenido nada de especial si Lumumba hubiera nacido en, pongamos por caso, Rumania; pero una noche tan tenebrosa en plena sabana, en el mes de agosto, y rodeado de antílopes y leopardos  no era lo que se puede decir de lo más típico y turístico. También debemos de contar que a causa del parto la madre murió lo cual con el paso del tiempo, creo yo, debió de agradecer a sus dioses pues acababa de parir a lo que genuinamente se puede llamar un graciosillo patán.

 

Tampoco se debe achacar al narrador estar bajo los efectos de una sidra de El Gaitero, aunque sea verdad, cuando narra de forma tan irónica los hechos que acontecieron al gañan en cuestión; es que de verdad la cosa tenía cola. Que Lumumba prometía no ser un aborigen al uso ha quedado poco menos que claro pero tampoco podemos recrearnos en la insustancialidad de este ser; en el fondo no era mala persona aunque el viudo padre renegara de él cuando a penas era un infante y quedara al cuidado del gurú de la tribu. Hasta cierto punto los avatares de su infancia pudiera ser que forjaran cierta parte de su carácter, el gurú tenía cosas más importantes que hacer que ocuparse de un muchachillo y como que se veía que el chico no prometía para las labores propias de un brujo de tribu que se precie el gurú optó por dejar a la buena de dios la educación de Lumumba.

 

No está de más contar que a muy temprana edad Lumumba provocó más de un altercado como cuando decidió que las vacas de la tribu tenían un pelaje muy aburrido y robó los tintes que las mujeres de las tribus usaban para decorar sus cabellos y embadurnó con ellos a todo bicho viviente que encontró en los corrales. Como quiera que fuese que a los hombres de la tribu les causaba mal fario tener vacas a rayas rojas y negras en sus establos y desconociendo que tal hecho había sido provocado por Lumumba,  decidieron sacrificarlas a todas no fuese que a los dioses de la sabana tal decoración les provocara mal estar. Cosas de tribus de la sabana. Y efectivamente a los dioses de la sabana no debió de serles muy agradables los vistosos colores de los pobres animales cuando los buitres que devoraron a los sacrificados animales cayeron muertos después de haber comido tan exótico y decorado manjar. Desde luego si esto hubiera ocurrido en otra parte del mundo cualquier químico les hubiera dicho que los aditivos con que se había ornamentado a las vacas habían provocado una severa intoxicación en los buitres; y que la muerte de estos no se debía a otra cosa que a la leche que se pegaban contra el suelo después de empezar a notar los efectos de los químicos del tinte que acababan de ingerir. Sólo mucho tiempo después Lumumba confesó que él era el causante originario del tal hecho cosa que a alguno de los más ancianos de la tribu provocó más de un infarto.

 

Y entre este suceso y otros de semejante pelaje Lumumba consiguió llegar a la pubertad.

 

 


Entre tus muros

Publicado el 14 de Febrero, 2006, 11:56. en Relatos variados.
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Llegué a vos intrigada. Me senté en un escalón tan pequeño como yo y te observé: eras extraña, enorme, desafiante. Tu perfume me inundó, tan único, tan tuyo. Luego vino el primer día, y el miedo se mezcló con la angustia de no comprender. Me sentí perdida, asustada, y te odié. Y seguí odiándote por años, cuatro, cinco. Cualquier excusa era buena para alejarme de vos: la lluvia, un resfrío, hasta un capricho. No te entendía, no me entendías, y me hacías sentir como un pez sobre la arena.

 Hasta que un día llegó alguien, yo me acerqué o ella se acercó, y las palabras apenas hicieron falta: pudimos hablar con la mirada. Entonces tu rostro cambió, y fue el de ella; era llegar, encontrarla, y todo caía en su lugar. Cada pequeña anécdota del día anterior, cada vuelo de nuestras alas de niñas era compartido sin guardar nada. Poco tiempo pasó antes de que, imperceptible, mi odio por vos se fuera diluyendo como un río que llega al mar.

 Pronto, alguien más se acercó y le abrimos las alas. No lo sabía, pero había empezado a quererte. Vestidos grises, abrigos azules, hasta dejaron de parecerme horribles, me veía bien en ellos. Era yo. Mi nombre significaba mucho para vos... y para mí. Me enseñaste que valía, que pertenecía. Que podía mostrarme tal cual era y aún así me aceptarías,  incondicional.

Cada uno de tus rincones, cada baldosa gastada, cada árbol de castañas era mío. Tu salón de actos, con sus cortinados de terciopelo rojo, donde nos convertíamos en damas antiguas, en héroes patrios, en pajaritos. Tu capilla silenciosa, siempre en penumbras apenas traspasadas por el azul de los vitraux. Las lucecitas rojas, el sagrario de oro, en el que mis dioses me esperaban para oír cada una de mis plegarias. Paz, armonía, fortaleza. Nada podía dañarme entre tus muros, estaba a salvo. Mis pies se amoldaron a tus pisos de piedra, las mismas piedras que sostuvieron los pies de mi madre niña.

El último año quisimos revivir la magia de la infancia, y nos disfrazamos de nosotras mismas, pequeñas. Usando tu escenario, viajamos diez años al pasado. Ensayamos mil veces, cantamos, reímos. Llegó el día y todo fue luces y música. Y entonces, frente a los reflectores que me cegaban y alegre como pocas veces lo había estado, fue que, como un flechazo certero en mi pecho, simplemente lo supe: era el fin, nada te iba a reemplazar. Mi sonrisa pintada se quebró, aunque nadie lo habrá notado. Después, gruesas lágrimas rodaron por nuestras mejillas, no estaba sola, muchas habíamos presentido el golpe. Pero aún te pertenecía y, mientras me contuvieras, nada podría dañarme. Era a un ladrillo en un monumento. Indestructible, inmortal.

Al poco tiempo nos reunimos en el antiguo ritual de tu templo, y te llevamos una flor blanca, como habíamos hecho desde siempre. Pero ésta era la última. Escribí un pequeño mensaje de despedida que ya no recuerdo, y lo escondí arrollado en el seno de la flor. Mi alma arrollada en una azucena. Y la dejé a tus pies. Fijé mi vista en un vitraux que había leído mil veces: "Regina martiryum" Reina del martirio, creí entender. Y se grabó a fuego en mis ojos como un presagio.

Al día siguiente, cuando el sol cayó, rostros llorosos y brazos extendidos buscaron mi abrazo. Los mismos rostros que habían crecido conmigo. Los mismos de aquel primer día.

"Se acabó" me dijo alguien que estaba a punto de desaparecer, y me alargó los brazos. Pero los rechacé: estaba demasiado aterrada para llorar.

Me alejé aturdida, desamparada, como un niño que acaba de quedar huérfano. No volví la cabeza para mirar, por última vez, a quienes habían sido mis compañeras de toda la vida. No quise verlas esfumarse y convertirse en nada. Crucé todas tus puertas casi a la carrera, huí despavorida como alma que lleva el diablo. Como si pudiera escapar del fin.

Tu luz cálida me acarició por un instante final, y salí a la intemperie.

Y entre tus muros se quedaron mi niña y sus alas.

Recorrí las calles negras, temblaba, mi pecho ahora indefenso había quedado expuesto. Pero quise creer que seguirías viviendo en mi espíritu, guiándome y sosteniéndome por el camino desconocido que parecía abrirse ante mí.

Me equivoqué: tus portones pesados se habían cerrado para siempre. Ningún camino me esperaba y tampoco podía volver. Había sido arrancada de cuajo, como una rama tierna de un árbol. Sólo me quedaba secarme.

Luché durante años por mi vida en la oscuridad del infierno, sólo iluminada por la tibieza de tu luz en mi memoria. Pero fue inútil, ahora lo sé: lo fuiste todo, morí en el momento en que crucé tu umbral, porque sí era un alma que llevaba el diablo a la tierra de la nada. Mi nombre no volvió a pronunciarse, y entonces dejó de existir. Ningún rastro quedó de mí.

Sólo mi fantasma vaga ahora perdido entre tus muros. Posa su mano invisible en el picaporte de bronce, pulido por generaciones de pequeñas manos de niñas. Entra sigiloso a tu capilla en penumbras, se sienta en un banco y acaricia la madera lustrada. Fija sus ojos en las luces que titilan trémulas como él, ante un sagrario vacío. Camina en las sombras de tus patios, donde aún cree oír las risas de antaño. Murmura una canción infantil en tu escenario de cortinados rojos. Recuerda sueños rotos esparcidos por tu piso de piedra.

 Y quisiera que, después, mis cenizas alimenten tus castaños en flor y así permanecer, fundidas en una, hasta que el tiempo se atreva a destruirte y, al fin, lo que quede de mí se desvanezca con vos.

                                                       

                                                       


ROSAS DEL INFIERNO

Publicado el 13 de Febrero, 2006, 14:51. en Relatos variados.
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http://www.turismoenladocta.com.ar/imag/logos_boliches/infierno.jpg

 

El chico de repartos de Interflora paró su vespino justo delante de la puerta; temblando esgrimió el gigantesco llamador con forma de gárgola penitente.

 

-Toc, Toc – retumbó sin miramiento el llamador.

-Ya vaaaaaaaaaa.- se oyó al otro lado de las gigantescas puertas.

 

Una de las hojas de la ajada madera se deslizó silenciosamente aunque al mozalbete de vespino le pareciera que miles de trompetas clamaran el final del mundo.

 

-        Y tú ¿qué quieres? Hoy no tengo a nadie apuntado.

-         No mire usté, que yo sólo traigo un mandao- al tiempo que extendía por la rendija abierta un fastuoso y delicado ramo de rosas amarillas.

-        Y esto ¿par quién coños es? Mira que no tengo tiempo de jilipolleces.

-        Tiene tarjeta- gritó el mozuelo mientras se alejaba a toda leche dando pedales como loco a su vespino.

 

Con un suave roce el mayordomo abrió la puerta del despacho, Lucifer estaba atareado con el balance de fin de año que no terminaba de cuadrar, últimamente el carbón se había puesto por las nubes y quizás sería buena idea cambiar el combustible del averno por nuevos sistemas alternativos de combustión a la par que evitaría ese constante moqueó que le producían los humos propios del quemar pecadores. Al fin y al cabo en el cielo estaba dando buen resultado la energía solar.

 

-        ¿Qué quieres?

-        Su maléfica malignidad, tiene un ...........un...........

-        Un ¿qué?

-        Un envio de fuera

-        Pues no sé a que esperas para dármelo

-        Es que.........

-        Trae acá palurdo.

 

El mayordomo dejó el magnifico y fragante ramo sobre la mesa, justo encima de la calculadora científica que estaba usando Su malignidad. Despacio, muy despacio se alejó sin dar  la espalda a su amo, por lo que pudiera pasar, al tiempo que susurraba – Tiene tarjeta-.

 

Su malignidad  rebuscó, no sin cierto cuidado por lo que pudiera pasar ya sabéis, entre las delicadas flores en busca de la dichosa tarjeta.

Encontró un diminuto sobre y lo abrió, mientras leía la misiva su agria  cara se torno en con un leve gesto en el reflejo, dentro de lo que cabe hablando de quién hablamos, de las propias rosas. Entonces Su malignidad se revolvió en su trono, de su espalda comenzaron a surgir unas bellas y refulgentes alas blancas y su vestimenta negra y fúnebre se tornó nívea y pura.

 

La figura de su malignidad ascendió lentamente hacía su primigenio hogar mientras el mayordomo veía la escena con un susto del copón. Cuando su malignidad mutado despareció de los ojos del sirviente este advirtió que la nota aún reposaba sobre la calculadora científica junto al enorme ramo de rosas, la tomó y leyó:

 

"Quieres dejar de hacer el imbécil y venir a casa que estamos esperándote para cenar


fdo.: Dios

Rosas del Infierno

Publicado el 12 de Febrero, 2006, 19:21. en chispas.
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http://www.fotomaf.com/albums/FotosDeMadrid/Lucifer.jpg


Reciclaje

                    Cuando aquel angelote que disparaba flechas con corazones, decidió que su día debía ser el día en el que reinara la paz el amor y la austeridad, sintió como, de repente, el triángulo verde lo absorbía por el lado vertical, al tiempo que, gracias a extraños procesos producidos en su interior, otro angelote salía por el vértice opuesto...

               - Es que no hay año que no haya que reciclarlo -, comentaba el manipulador de la manivela mientras tanto.







ASI informa

Publicado el 8 de Febrero, 2006, 20:21. en General.
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No se puede mostrar la imagen “http://www.notabene.co.at/images/nota.gif” porque contiene errores.

El Infierno da la bienvenida a una página de pecadores llamada Excéntrica. Su dirección:
www.excentrica.net. Esperamos que este recién nacid@ tenga una larga vida. El Infierno da su consentimiento a este nacimiento.

(A.S.I. Agencia Secreta del Infierno)

Rosas del Infierno

Publicado el 8 de Febrero, 2006, 11:01. en chispas.
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Enamorados

En esta vida, "se quiere, se mata".Yo quiero quererte y vivir ya volviendo del olvido para regresar a entregarte no más amor de las noches del pasado. Si el corazón mata lo que no debe latir en este presente... yo sólo te haré feliz, porque nuestro amor no es un sueño equivocado... Antes cuando sentía amar le gritaba al amor: "déjame ir, hice todo por amarte porque me di cuenta que  el amor es un espejismo, y el final es un fracaso; no me pides que lo intente (¡cuántas veces lo he intentado!), tú me pones la cadena y yo sé que no te amo. ¿Quién te crees que eres, apropiándote de mí, para que me obligues a fingir, yo no he nacido para ti... porque tú haces volar con alas rotas. Tú que lates en mí, no presiones y déjame ir porque necesito respirar... el aire se me agota, por favor, ya no me hables, no me presiones, porque en tu cuando yo no sé vivir... tan sólo déjame ir... quiero ser feliz".










Rosas del Infierno

Publicado el 7 de Febrero, 2006, 13:59. en chispas.
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http://www.youth-suicide.com/gay-bisexual/semen/phallic3.jpg


SOLO UNA GOTA


Me levanté sin saber donde estaba y quién era. Una gota de semen se deslizaba timídamente por mi pierna izquierda. El lápiz labial dibujaba otra boca en mi rostro. El yacía inmóvil en la cama revuelta. Esa sonrisa estúpida se lucirá en su féretro.

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