Infierno

(Sólo para condenados)

Malos Tratos

Publicado el 18 de Noviembre, 2005, 10:24. en Relatos variados.
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Me contó la vida que Ambrosio Hígado fue un individuo muy difícil de tratar. Que desde niño enseñaba ya su hígado perforado. Nació en un humilde pueblo andaluz, bajo la triste luz de otoño. Su cordón umbilical dicen que se negó a separarse de su madre, y que la comadrona necesitó unas recias tijeras para introducirlo en el mundo. Sus padres, campesinos arrugados por la sementera  del tiempo, le dieron todo el amor que pudieron mientras lo trataron. Ambrosio se despegó de ellos todo lo que pudo, amparado en la libertad de la naturaleza. Y así se crió libre, tan libre que no necesitó más que su corazón involuntario para romper las cosas y arrastrar a las pocas personas que trató  en su proterva vida. A los catorce años conoció a Pilar. Fue novia desde aquel momento. Eso pasaba en los pueblos de entonces. Tras ocho años de noviazgo engañoso, se casaron. Y digo engañoso porque Ambrosio llevó una doble vida. Durante el día trataba con dios y por la noche con el diablo. Iba a misa de los domingos y fiestas de guardar junto con Pilar para que el pueblo lo adorara. Porque eso sí había que reconocerlo, era un malandrín, simpático pero de lo más oportunista. Aunque todo el pueblo conocía su trasfondo, esa cualidad de titiritero le abonaba para introducirse en el bar del pueblo y echarse unas cartas para que le invitaran a una ronda del más claro vino blanco.

Al escaso mes de casados, como mandaban los cánones, Pilar ya tuvo su primera falta. A Pilar se le inundaron los ojos. Esa esperanza, ese falta, significaba todo para ella. Su prolongada soledad marital, estaba a punto de cambiar. Aquella falla en la que estaba atrapada, al fin se desprendería. Pero ella aún no sabía cuánto…

Fue por el séptimo mes de embarazo,  Pilar subía a menudo a la pequeña habitación de la sala que había preparado para recibir a lo que a su casa viniera. Abría los cajones de la cómoda y soñaba mientras repasaba y acariciaba el poco "atillo" que fue acumulando para el nonato.

Ambrosio aquel día no fue al campo, porque llovía intensamente. Así lo estuvo haciendo durante tres días, porque entonces cuando llovía , llovía para todos. Subió al atroje para coger un espuerta de maíz para el cerdo que estaban criando. Lo matarían  allá por Navidad. Cuando llegó con la pesada espuerta al piso inferior donde estaba Pilar, se le olvidó coger también una vieja jáquima porque la que tenía su yegua "pelirroja" la había roto la tarde anterior cuando estuvo arando junto con su viejo burro "ventero". Ambrosio le gritó a Pilar para que bajara ella la espuerta. Ella se negó. El volvió a insistir. Ella le razonó que estaba muy pesada y que aquellas escaleras le causaban miedo dado el estado en que se encontraba. Aquel día, bajo aquel temporal otoñal, parece ser que hizo trato con la bestia que se desató en forma humana. Pilar comenzó a bajar las escaleras cuando Ambrosio se le abalanzó y materialmente le puso la espuerta sobre su vientre preñado. Al intentar esquivarlo Pilar dio un traspié y rodó por las escaleras…

Hoy  Pilar tiene 79 años. Los mismos que lleva llorando esa pérdida. Su vida fue triste y solitaria,  junto a un marido vil e intransigente. Sólo la compañía de su "niño" un chucho callejero que encontró malherido en el campo le ayudó a sobrellevarla. Ambrosio y Pilar nunca se separaron porque eso no se estilaba en los pueblos de aquella España de trapo, de color negro sobre el llanto.

Ambrosio murió en vísperas de Navidad, un poco antes de la matanza. Y hasta su muerte fue un tanto extraña.  Dicen que al llegar al hospital de la caridad, el médico le recetó una agonía de veinticuatro horas pero la muerte le rebotó en cuatro ocasiones durante dos semanas. Todo compañero de habitación nuevo que traían, moría durante la noche. Las malas lenguas dicen que lo vieron santiguarse. También dicen que "niño" se escapaba de vez en cuando y se iba al cementerio. Visitaba la tumba de Ambrosio y marcaba su territorio. También a él llegó a maltratarlo.