Infierno

(Sólo para condenados)

El Funeral

Publicado el 16 de Noviembre, 2005, 12:51. en Relatos variados.
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Estaba sentada en un banco, en la cuarta fila, por eso me llegaba tan intenso el aroma de las flores: el féretro, camuflado bajo un jardín de coronas y ramos con dedicatorias escritas sobre cintas moradas, emanaba el mismo perfume que envuelve a las floristerías, mezclado con olores de adiós, lágrimas y demás sentimientos perceptibles a través de la membrana pituitaria.

 

Estaba allí porque tiempos atrás había trabajado para la familia como institutriz. El sueldo era suficiente y bueno el trato, si bien nunca supe si gozaba del cariño de tan distinguida casa, pero yo soy sensible y agradecida y, sobre todo, que quería ver un entierro de lujo. Cuando enterraron a mi padre, sólo llevaba una corona con una cinta morada. En un extremo ponía: “Servicios Funerarios López Hnos.” y en el otro extremo de la cinta “R.I.P” La “P” de “R.I.P” se despegó antes de llegar a la iglesia. El mismo mozo que llevaba la corona, piso la letra sin querer. Quedó planchada, y como llovía, también quedaron las marcas de barro de su zapato. Mi hermano se agachó tristemente, la recogió y se la dio al hombre, pero éste dijo que no era necesaria. Supongo que quiso decir  que con “P” o sin ella, mi padre iría adonde tuviese que ir.

 

Un inmenso crucifijo, algo inclinado hacia delante, presidía el altar principal. Daba la sensación de que en cualquier momento iba a precipitarse sobre los feligreses, como aviso del poder divino que nos trae y lleva a su antojo. Pero no, los carpinteros habían sido eficaces en su trabajo, las maromas eran gruesas y robustos anclajes de hierro las fijaban al robusto muro de piedra.

 

Empezó a irritarme el gemir de una de las flamantes huérfanas que, aprovechando la licencia del luto, no desperdiciaba ocasión de sorber los mocos que el llanto generaba, sin recato alguno. En todo el templo, de gran acústica, se oían sus resoplidos abriéndose paso entre toses, suspiros, bostezos y batir de abanicos.

 

Llegada la homilía, el celebrante, ataviado con casulla morada, hizo glosas y panegíricos de doña Luz, aristócrata y hoy protagonista del evento. Incluso se permitió la licencia, siendo óbito tan principal, de añadir una nota de mística literatura: "Nuestra sierva Luz, ha sido la luz para muchos de los que aquí nos encontramos; sin embargo, es hoy cuando Luz va a gozar de la verdadera luz: la Luz Eterna”.

 

Fue el evangélico consuelo recibido con un murmullo de agradecimiento por la exoneración que conllevaba: no era necesario sufrir su marcha. Más bien, y para no ser egoístas, festejarla.

 

No sabía yo de tanta beneficencia en mi antigua patrona, pero si el ministro de Dios lo aseguraba, así sería. Si sabía de sus óbolos y donativos, pero siempre fui de la creencia de que el talante es primordial, y no era el de Doña Luz excesivamente cálido. Quizá era característica sine qua non de su condición aristocrática, no sé mucho de blasones.

 

El viudo, de pie todo el rato en la primera fila, estornudaba sin parar. Me pregunté si sería alérgico al polen ya que estaba próximo al despliegue fúnebre floral, como primer allegado. Por fin, sacó un pañuelo, algo mustio a estas horas del desenlace e intentó esconder los estornudos. Seguían sonando, si bien un poco amortiguados.

 

Cuatro cirios, uno en cada vértice de la caja, nogal finamente trabajado, remarcaban la forma trapezoidal del habitáculo que albergaba a la difunta, de  nombre Doña Luz Fuentes de los Caballeros y Hernán-Cabeza de Vaca.

 

Uno de los cirio se apagó de pronto, puede que por los suspiros y estornudos. Fui capaz de leer las palabras que el celebrante masculló entre dientes, mirando al monaguillo con odio, como si el chiquillo fuera un empleado del infierno, responsable del atrezzo ígneo: "siempre pasa lo mismo, carajo", y el monaguillo volvió a prender el velón, pues Doña Luz debía entrar en la Luz acompañada de toda la luz posible... tal vez por si no se veía bien al llegar.

 

El olor a cera se unió a la sinfonía de efluvios ya existente.

 

Intuí que la música sería de lujo también: ¿Bach, Palestrina? Debo reconocer que cuando el organista dio la primera nota del Requiem Aeternam, me agradó la idea de asistir a un concierto, y en verdad, mereció la pena, pese a que yo hubiera preferido algo de gregoriano. Sonó de maravilla el Agnus Dei. La buena música es una de las ventajas de asistir a un entierro de gente bien. También es bonito asistir al momento en que la ceremonia alcanza su punto culminante; entonces,  el ministro se arma de incensario y envuelve al cadáver en una nube de humo que purifica la atmósfera, cargada de alientos derivados de estómagos vacíos, de naftalina de abrigos y de muchedumbre encerrada.

 

 

La misa de corpore insepulto tocaba su fin.  Los asistentes fueron desfilando en fila india por delante de la familia  que, cabizbaja,  agradecía la presencia. Algún que otro desfilante actuaba con más efusividad, abrazando a huérfanos o viudo en silencio y provocando nuevos llantos que, por simpatía, se propagaban entre los demás dolientes. Cuando me tocó el turno, me reduje a mirarlos con respeto. Sólo a Margarita, la pequeña y con quien tuve un trato más cálido, le acaricié la mejilla. Ella, me cogió la mano y me la besó. Estaba demacrada. Sentí pena: no parecía la Margarita alegre, siempre dispuesta a aprender canciones en inglés o a escuchar las historias de mi familia, súbitamente empobrecida por el desfalco de mi padre.

 

Una vez todos habían cumplimentado, llegó el momento de abandonar la iglesia camino del cementerio. La gente se arremolinaba en la puerta para acompañar al cortejo. Los tres hijos varones y el chofer cargaron el féretro sobre sus hombros y acompasaron el tranco. Detrás, el resto de la familia. Una vez en la Plaza Mayor, la tapadera del féretro se levanto lentamente. Doña Luz se incorporó hasta estar sentada con la espalda muy erguida y, levantando la mano derecha, saludó a los concurrentes. No pude sentir pánico, creo que el asombro absorbió cualquier otro sentimiento. A su paso, la gente humillaba con respeto y devolvía el saludo con sonrisa de despedida.

 

La verdad, sería por la confusión, sorpresa o curiosidad, pero no caí en la cuenta de rendir con tal gesto; me reduje a contemplar la escena con interés. Semiescondida tras una farola como me hallaba, nunca hubiera pensado que Doña Luz reparase en mí, pero lo hizo; se percató de mi poca gentileza al no reverenciar, sobre todo, dada mi condición de antigua asalariada. Sería por eso que me apuntó con un dedo índice, macilento y tieso por el rigor mortis. A mi vez, yo apunté a mí misma en señal de pregunta, pero dicho rigor mortis no le permitió asentir o negar, con lo cual me quedó la duda de si era yo la elegida para alguna cuestión que, no obstante, deseaba desconocer. A continuación, decenas de miradas se posaron en mi persona con ojos apenados. Quise entonces humillar hasta hincar, pero demasiado tarde, me temo: la comitiva y, entre ellos, el ataúd con el cuerpo sentado de la aristócrata, aceleraron la marcha.

 

Me quedé allí sola y una llovizna reposada comenzó a mojarme los ojos, quizá porque no había lágrimas en ellos, o como adelanto de las lágrimas que vendrían pronto, más bien por parte de otros, que los muertos no lloran.

 

No he vuelto a ir a ningún entierro de lujo ni de no lujo. Espero al mío, pero no sé para cuándo lo decidiría Doña Luz Fuentes de los Caballeros y Hernán-Cabeza de Vaca.