Infierno

(Sólo para condenados)

23 de Octubre, 2005


Tarta de queso con arándanos egipcios

Publicado el 23 de Octubre, 2005, 23:09. en Cocina Infernal.
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Ingredientes:

500gr de queso fresco, sin sal

1 paquete de galletas hojaldradas

1 cucharada de mantequilla

5 o 6 cucharadas de azúcar

1 huevo

Mermelada de arándanos.

Veréis, el amigo Jimul me invita a una comida virtual con mis amigos, acepto por varias razones, pero la principal es que no engorda y se disfruta igual, la única condición es que tengo que traer el postre, seguramente se han enterado que soy la pastelera de Atra y me gusta endulzar los finales porque odio los finales, si por mi primer impulso me guiara no terminaría nada en esta vida hasta la muerte que lo termina todo sin pedirnos permiso.

Y digo yo, si traigo el postre, me toca designar a la primera persona que ponga sus manos sobre mi deliciosa tarta, esta será mi amiga Nofret, de ahí que los Arándanos, esa frutilla rara, azul como los pitufos, los traigo de los pocos bosques que hay en Egipto hoy en día, pero hace 4033 años, cuando conocí a Nofret, todo el Nilo era un puro bosque mediterráneo, lleno de higueras, moras y arándanos.

En ese año nacimos las dos, en el mismo palacio y del mismo padre, el Faraón, la razón de que no nos consideraran hermanas era nuestras madres, la suya fue la esposa oficial, la primera esposa, la mía era solo una esclava, criada allí, sin voluntad propia.

Desde que nací me pusieron a su servicio, jugábamos juntas y comíamos del mismo plato, yo probaba antes todo por si alguien  en un descuido del haya, vertía veneno sobre su comida.

Su destino era grande, el mío pequeño, ninguna de las dos éramos autoras de nuestra biografías...

Pero esto ocurrió hace mucho tiempo, y creo que ya es hora de sentarnos a la mesa, así que lo contaremos en otra ocasión...

Procedimiento:

Se desmenuzan las galletas hasta que queden como la harina. Se calienta un molde con la mantequilla, cuando esté derretida se vuelcan las galletas para formar la base de la tarta.

Se bate el huevo, cuando está en su punto se le añade el queso y el azúcar y se pasa por la batidora eléctrica, se forma una pasta consistente que se vuelca sobre la base de galletas, se deja enfriar en la nevera un par de horas y por último se le añade la mermelada de arándanos por encima.

¡Buen provecho! ¡Momia, te toca continuar la historia!

 Techy


Al Ajillo de la Abuela (pollo, conejo o carne magra cocida)

Publicado el 23 de Octubre, 2005, 21:34. en Cocina Infernal.
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Un pimiento rojo seco (ñora)

Cuatro dientes de ojo

Dos rebanadas de pan

Una hoja de laurel

20 almendras.

Sal al gusto

Se pone a freír la carne con los ajos, y cuando ya está casi frita se aparte.

En el mismo aceite, muy suave, se fríe el pimiento abierto sin semillas, la rebanada de pan, el laurel y las almendras.

Se tritura en el mortero con un diente de ajo crudo.

Una vez triturado se pone en una cazuela de barro con la carne, añadiendo un vaso de vino blanco y otro de agua. Se deja cocer hasta que se reduce a  salsa.

También se pueden freír aparte unas patatas gruesas y largas, que se añadirán a la cazuela, mezclando todo bien durante cinco minutos hasta que se queda en su punto.

Una ensalada de verduras variadas aportarán todos los nutrientes que son necesarios para enfrentarse a una dura jornada de trabajo.

Goreño


La Maestría del Amor

Publicado el 23 de Octubre, 2005, 14:00. en Esoterismo.
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Dr. Miguel Ruiz

LA MAESTRIA

DEL AMOR

Una guía práctica

Para el arte de las relaciones

Los toltecas

Hace miles de años los toltecas eran conocidos en todo el sur de México como «mujeres y hombres de conocimiento». Los antropólogos los han definido como una nación o una raza, pero de hecho, fueron científicos y artistas que crearon una sociedad para estudiar y conservar el conocimiento espiritual y las prácticas de sus antepasados. Establecieron una comunidad de maestros (naguales) y estudiantes en Teotihuacán, la ciudad de las pirámides en las afueras de Ciudad de México, conocida como el lugar en el que «el hombre se convierte en Dios».

A lo largo de los milenios los naguales se vieron forzados a esconder su sabiduría ancestral y a mantener su existencia en secreto. La conquista europea, sumada a un agresivo mal use del poder personal por parte de algunos aprendices, hizo necesario proteger el conocimiento de aquellos que no estaban preparados para utilizarlo con buen juicio o que hubieran podido usarlo mal, intencionadamente, en beneficio propio.

Por fortuna, el conocimiento esotérico tolteca se conservó y transmitió de generación en generación por distintos linajes de naguales, y aunque permaneció oculto en el secreto durante cientos de años, las antiguas profecías vaticinaban que llegaría el día en el que sería necesario devolver la sabiduría a la gente, como ha sucedido ahora con el doctor Miguel Ruiz, un nagual del linaje de los Guerreros del Águila, que ha sido guiado para divulgar estas poderosas enseñanzas.

El conocimiento tolteca surge de la misma unidad esencial de la verdad de la que parten todas las tradiciones esotéricas sagradas del mundo. Aunque no es una religión, respeta a todos los maestros espirituales que han enseñado en la tierra, y si bien abarca el espíritu, resulta más preciso describirlo como una manera de vivir que se caracteriza por facilitar el acceso a la felicidad y el amor.

Un tolteca es un artista del amor,
un artista del espíritu,
alguien que, en cada momento,
en cada segundo, crea el más bello arte:
el arte de soñar.

La vida no es más que un sueño,
y si somos artistas,
crearemos nuestra vida con amor
y nuestro sueño se convertirá
en una obra maestra de arte.

Introducción

El maestro

Érase una vez un maestro que hablaba a un grupo de gente y su mensaje resultaba tan maravilloso que todas las personas que estaban allí reunidas se sintieron conmovidas por sus palabras de amor. En medio de esa multitud, se encontraba un hombre que había escuchado todas las palabras que el maestro había pronunciado. Era un hombre muy humilde y de gran corazón, que se sintió tan conmovido por las palabras del maestro que sintió la necesidad de invitarlo a su hogar.

Así pues, cuando el maestro acabó de hablar, el hombre se abrió paso entre la multitud, se acercó a él y, mirándole a los ojos, le dijo: «Sé que está muy ocupado y que todos requieren su atención. También sé que casi no dispone de tiempo ni para escuchar mis palabras, pero mi corazón se siente tan libre y es tanto el amor que siento por usted que me mueve la necesidad de invitarle a mi hogar. Quiero prepararle la mejor de las comidas. No espero que acepte, pero quería que lo supiera».

El maestro le miró a los ojos, y con la más bella de las sonrisas, le contestó: «Prepáralo todo. Iré». Entonces, el maestro se alejó.

Al oír estas palabras el corazón del hombre se sintió lleno de júbilo. A duras penas podía esperar a que llegase el momento de servir al maestro y expresarle el amor que sentía por él. Sería el día más importante de su vida: el maestro estaría con él. Compró la mejor comida y el mejor vino y buscó las ropas más preciosas para ofrecérselas como regalo. Después corrió hacia su casa a fin de llevar a cabo todos los preparativos para recibir al maestro. Lo limpió todo, preparó una comida deliciosa y decoró bellamente la mesa. Su corazón estaba rebosante de alegría porque el maestro pronto estaría allí.

El hombre esperaba ansioso cuando alguien llamó a la puerta. La abrió con afán pero, en lugar del maestro, se encontró con una anciana. Ésta le miró a los ojos y le dijo: «Estoy hambrienta. ¿Podrías darme un trozo de pan?».

El se sintió un poco decepcionado al ver que no se trataba del maestro. Miró a la mujer y le dijo: «Por favor, entre en mi casa». La sentó en el lugar que había preparado para el maestro y le ofreció la comida que había cocinado para él. Pero estaba ansioso y esperaba que la mujer se diese prisa en acabar de comer. La anciana se sintió conmovida por la generosidad de este hombre. Le dio las gracias y se marchó.

Apenas hubo acabado de preparar de nuevo la mesa para el maestro cuando alguien volvió a llamar a su puerta. Esta vez se trataba de un desconocido que había viajado a través del desierto. El forastero le miró y le dijo: «Estoy sediento. ¿Podrías darme algo para beber?».

De nuevo se sintió un poco decepcionado porque no se trataba del maestro, pero aun así, invitó al desconocido a entrar en su casa, hizo que se sentase en el lugar que había preparado para el maestro y le sirvió el vino que quería ofrecerle a él. Cuando se marchó, volvió a preparar de nuevo todas las cosas.

Por tercera vez, alguien llamó a la puerta, y cuando la abrió, se encontró con un niño. Éste elevó su mirada hacia él y le dijo: «Estoy congelado. ¿Podría darme una manta para cubrir mi cuerpo?».

Estaba un poco decepcionado porque no se trataba del maestro, pero miró al niño a los ojos y sintió amor en su corazón. Rápidamente cogió las ropas que había comprado para el maestro y le cubrió con ellas. El niño le dio las gracias y se marchó.

Volvió a prepararlo todo de nuevo para el maestro y después se dispuso a esperarle hasta que se hizo muy tarde. Cuando comprendió que no acudiría se sintió decepcionado, pero lo perdonó de inmediato. Se dijo a sí mismo: «Sabía que no podía esperar que el maestro viniese a esta humilde casa. Me dijo que lo haría, pero algún asunto de mayor importancia lo habrá llevado a cualquier otra parte. No ha venido, pero al menos aceptó la invitación y eso es suficiente para que mi corazón se sienta feliz».

Entonces, guardó la comida y el vino y se acostó. Aquella noche soñó que el maestro le hacía una visita. Al verlo, se sintió feliz sin saber que se trataba de un sueño. «¡Ha venido maestro! Ha mantenido su palabra.»

El maestro le contestó: «Sí, estoy aquí, pero estuve aquí antes. Estaba hambriento y me diste de comer. Estaba sediento y me ofreciste vino. Tenía frío y me cubriste con ropas. Todo lo que haces por los demás, lo haces por mí».

El hombre se despertó con el corazón rebosante de dicha porque había comprendido la enseñanza del maestro. Lo amaba tanto que había enviado a tres personas para que le transmitiesen la lección más grande: que él vive en el interior de todas las personas. Cuando das de comer al hambriento, de beber al sediento y cubres al que tiene frío, ofreces tu amor al maestro.

 (primera parte)